Sistematización pero con sistema
«El catolicismo debe aportar una visión ética y social para una reforma sensata de los sistemas financieros», afirma el arzobispo Marx.
Es un consuelo pensar que por fin nos damos cuenta más avanzada el papel que La Iglesia Cristiana mediante la doctrina de su fundador el divino Jesucristo Nuestro Señor, refrendada y puesta en comprensión mayor si cabe por los apóstoles que le dieron su fundamento teológico.
El Evangelio fue recopilado en sus esencias por Pedro, Santiago, Pablo, etc. y en todos los casos su prioridad fue el ser humano. Nunca dejó de ser a pesar de los avatares de la historia una doctrina que hablaba a favor de los pobres y criticaba a los ricos. Las desviaciones siempre fueron cosas de hombres, y por tanto la intangibilidad de la doctrina, siempre sobresalió sobre cualquier otra consideración.
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Si me hablan del libro, El Capital de Carlos Marx, tengo que decir que no aporta sino una utopía que, otros energúmenos, al ponerla por obra hicieron tantos males a la humanidad. No es posible cambiar el Capitalismo salvaje y corrompido, y aun más corrompedor, por otro tipo de capitalismo de Estado, que beneficia a la llamada nomenclatura, y que no carece de las mismas lacras de su oponente. ¡Para ese viaje…!
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Dice el Obispo Marx, que el catolicismo puede aportar y debe, según cualquier cristiano sincero, un aspecto del análisis de su homónimo para intentar, a mi parecer, hacer algo así como una síntesis que hace ya años el sacerdote Diez Alegría desarrolló en su libro «Yo creo en la Esperanza».
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Este sacerdote, hombre enormemente ilustrado, se marchó o le expulsaron de la orden Jesuita, y se fue con su colega, el «Padre Llanos», a vivir al llamado «pozo del tío Raimundo» en donde según el titular de aquel pobre templete, casi todas las mañanas hacía la misa solo, sin nadie que le ayudara o asistiera al tal culto.
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Diez Alegría siguió de sacerdote, pero en un nivel de incomprensión enorme por parte de muchos, que creían en aquel tiempo, que los dos sacerdotes exageraban en su entrega a la causa de los desheredados. Realmente poco podían hacer, pero se fueron allí para compartir en cierta manera, la marginación de los que, por la necesidad, vivían en aquellos parajes.
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Diez Alegría propugnaba una Iglesia con una vocación «ética y profética», en oposición con La Iglesia cultual y ritualista, que para mí fue un empuje enorme para comprender mejor donde tenía que estar un cristiano. La afirmación de «El rico, o inicuo él o inicuo su padre» y toda la parafernalia del Contrato Social de Rousseau, no es de recibo por muchos motivos; los grupos de presión, cárteles, o los capitalistas unidos, en colusión contra los derechos de los demás, ensombrece la realidad de que la prosperidad puede llegar, sin necesidad de explotar a nadie. Y beneficiar a todos.
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La fe cristiana es «trabajar y hacer el bien», como decía su madre al astronauta John Glenn. Esto no se presta a más interpretaciones, por cuanto dice el apóstol Pablo: El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. (Efesios 4:28).
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Lo que impulsa la fe cristiana, es la consideración de que somos todos iguales ante Dios. Por tanto, todo desvío de ese camino, de esa solidaridad entre iguales sea de quien sea es pecado contra Dios, en las personas de sus criaturas. La naturaleza ávida del hombre, le invita ante la insolidaridad reinante por parte de todos, a intentar «forrarse» como garantía de su status, y ya no hay quien pare esa dinámica de enriquecimiento sin límites.
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La opción contraria, ni siquiera merece gastar tiempo en considerarla con seriedad, ya que la prepotencia de unos, no justifica el abuso y la distinta prepotencia de los «otros». Basta con observar a lo largo de la historia los movimientos sociales, y el estado de las naciones que hicieron suyo el sistema que propugna Marx, para darse cuenta del fracaso de la opción marxista; tampoco es válida.
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Si me piden que les dé el sistema que yo sustento, he de decirles que ninguno, porque la humanidad se mueve a su ritmo que nos es desconocido, y que la naturaleza humana es como es. La sola redención de este estado de cosas no vendrá por sistemas o por revoluciones, por muy bien intencionadas que se quiera.
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La Única revolución que yo contemplo es la cristiana, y esa es por ahora poco menos que una Utopía a no ser por una intervención extraordinaria del Creador. Mientras las cosas seguirán así y la lucha nunca acabará. Esta es una llamada al «anticristo» para que se revele en toda su plenitud.
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Rafael Marañón
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Yo he visto garras fieras en las pulidas manos;
conozco grajos mélicos y líricos marranos…
El más truhán se lleva la mano al corazón,
y el bruto más espeso se carga de razón.
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El hombre, a quien el hambre de la rapiña acucia,
de ingénita malicia y natural astucia,
formó la inteligencia y acaparó la tierra.
¡Y aun la verdad proclama! ¡Supremo ardid de guerra!
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A. Machado.
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