María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán
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Domingo XVI T. Ordinario. Ciclo C
Gn 18,1-10; Sal 14,2-5; Col 1,24-28; Lc 10,38-42
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano»
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán».
La primera lectura del libro del Génesis: Este capítulo (18,1-10) marca la hospitalidad sincera la de Abrahám, muy característica del mundo oriental y la ambigüedad en la identificación de los misteriosos caminantes, que revela y oculta a la vez.
En este pasaje se distinguen dos tradiciones patriarcales distintas: La comida ofrecida por el patriarca a unos seres divinos y la anunciación de un nacimiento milagroso. Relatos muy similares pueden encontrarse en toda la literatura oriental. El llamado yahvista ha unificado y remodelado las dos tradiciones en una breve y bella historia. Los tres hombres que visitan a Abrahám representan al Dios de Israel; la visita se convierte, pues, en una teofanía. La interpretación tiene la finalidad concreta de demostrar que Dios dirige toda la historia patriarcal y humana. El autor, se ha servido del relato para rodear de cierto misterio la aparición de Yahvé y para distinguir entre visitas personales de Dios (a Abrahán) y por mensajeros (a Sodoma).
El relato es sencillo, tierno y gracioso. El misterio envuelve la narración bajo la encina de Mambré; en este hálito misterioso, Abrahám, presto, pone todo su empeño en atender con sentido hospitalario a sus visitantes, hospitalidad nada común. Tras la comida, le anuncian el nacimiento de un hijo. Sara no es ya fértil, es vieja y se muestra incrédula riéndose. Pero el milagro se realizará. Dios continúa dirigiendo la historia humana. La promesa de una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar, tema característico de toda la literatura patriarcal, se realizará a través de un matrimonio incapacitado ya, para engendrar. Nótese el contraste entre la actitud de Sara, que ríe incrédula y la de Abrahán, que calla confiado.
Digamos que Yahvé se manifiesta en los tres hpmbres, pues Dios conserva su singularidad siempre; esta forma de presentarse Dios es extraña y única en el AT. Ciertamente no hay alusión alguna al misterio de la Santísima Trinidad.
El Salmo responsorial interroga: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?” El peregrino, después de un largo viaje, llega al recinto externo del templo de Jerusalén. Está preocupado. Para todo israelita, el bien supremo consiste precisamente en ser huésped de Yahvé, sentarse a su mesa (14,2-5).
Recordemos que la tienda simboliza los cielos, morada de Dios y es el lugar de su presencia real. En el monte Moriah, teatro del sacrificio de Isaac, según la tradición, se habría edificado el templo de Jerusalén. El peregrino Sabe que la entrada está subordinada a las minuciosas e innumerables prescripciones del Levítico. El salmista hoy se las reduce; puede entrar “el que procede honradamente y practica la justicia”.
Segunda lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses. El apóstol San Pablo a los Colosenses confiesa: “Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia” (1,24-28).
En este pasaje, ha reunido, en una especie de antítesis, el sufrimiento y la riqueza, la pobreza y la gloria.
El Apóstol tiene delante de sus ojos el misterio de la cruz: antes de hablar de las riquezas insospechadas del Cristo resucitado, recuerda la fuente de estas: la pobreza y las angustias del Calvario (cf. 2 Cor 8, 9; 13, 4; Fil 2, 5-8). El Apóstol ha recibido la misión de anunciar el misterio de Cristo, misterio expuesto sintéticamente en el himno cristológico. El misterio de Cristo se ha revelado, para que tengamos esperanza, para que vivamos con un sentido distinto y una conducta diferente, porque el cristianismo no consiste principalmente en una doctrina, sino en una vida. Ciertamente, se dio y se da, gran importancia a lo cognoscitivo e intelectual. Conviene no caer en el gnosticismo. Hay mucho esoterismo y nuestra tradición, en particular la española, tiende a dar más importancia a la ortodoxia que a la ortopraxis. El misterio a que hace referencia es el significado de Cristo para toda la creación.
Quiere comulgar con la indigencia angustiada de Cristo: dos palabras sacadas del vocabulario de los pobres de Yahvé (Sal 33/34, 7, 17-20; Sal 43/44, 23-25). La evangelización es para Pablo causa de grandes padecimientos. En 2 Cor 11, 23-33 hace una impresionante enumeración de estos padecimientos. Son “los dolores de Cristo”, lo que faltaba todavía y ahora completa el apóstol en su propia carne. “Llevamos en el cuerpo, siempre y por todas partes, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2Cor 4,10). Los que en otro tiempo vivían sin esperanza (Ef 2,12), son ahora “herederos de Dios y coherederos de Cristo” (Rom 8,17). Encargado de proclamar la salvación por la cruz, el apóstol debe, de la misma manera, vivir este misterio. Experimenta entonces en su cuerpo la debilidad y la pobreza de la cruz, para que se desplieguen en él el poder y la riqueza de la resurrección y que así su predicación sea más creíble (2 Cor 13, 3-4; 4, 6-12).
La aportación específica paulina, en opinión de muchos, es precisamente haber puesto de manifiesto esta potencia crística latente en la creación, en la historia y el mundo; hacer ver cómo la salvación total está en el mundo por Cristo desde el comienzo, desde la Encarnación. Así, pues, todo es realmente gracia.
El santo evangelio según San Lucas (10,38-42) sitúa el texto evangélico en la perspectiva del camino hacia Jerusalén. Su atención se fija en dos mujeres, Marta y María; es el único evangelista que narra este episodio, tal vez por su inclinación a referir y dar acogida en su obra a personajes femeninos. El hecho es revolucionario. En 8,2-3 Lucas ha hablado de las mujeres que acompañaban a Jesús y lo servían con sus bienes, que es lo que aquí hace Marta; ello es sorprendente, porque, los judíos minusvaloraban a las mujeres, consideradas a nivel de los esclavos y los niños; no podían participar de los oficios de la sinagoga y estaban excluidas de los deberes religiosos, como la recitación del Shemá y la acción de gracias de las comidas. Admitirlas en el discipulado era impensable. Los rabinos nunca enseñaban a las mujeres; no se les podía enseñar la Torá; el rabí Elicer ben Hirkanos decía que “el que enseña la Ley a su hija, enseña la estupidez”; y añadía: “Mejor fuera que desapareciera en las llama la Torá, antes de que les fuera entregada a las mujeres”.
No era normal en aquel ambiente, que las mujeres se permitieren ofrecer a los hombres su hospitalidad. Aún más, Jesús aparece visitante habitual, que tiene con Marta y María una gran confianza. Tanto la exigencia de Marta, como la réplica de Jesús revelan una gran familiaridad y una amistad cordial. El hecho viene a confirmar el intencionado protagonismo que Lucas confiere a la mujer, en claro contraste con la mentalidad y las estructuras sociales de la época. Pero aún hay más Lucas presenta a María en la postura clásica del discípulo, es decir, sentada a los pies del maestro; hace de María un modelo de discípulo de Jesús en razón de la escucha de la palabra, es el objetivo central del texto. El tema no es nuevo; lo vemos también en Lc 6, 46-49, en Lc 8,15 y en 8,21. Estos textos inducen a escuchar y poner en práctica lo aconsejado. Hoy insiste en la escucha, que se califica de parte mejor, de la que no debe prescindir el discípulo de Jesús. Es lo que se deduce de la presentación por contraste que Lucas hace de las dos hermanas y de la respuesta de Jesús al requerimiento de Marta.
La queja amistosa que Marta expresa de su hermana, por no ayudarle en los preparativos, es más bien un recurso gráfico, para realzar y resaltar con viveza la única idea: la necesidad imperiosa que tiene el discípulo de estar atento a la palabra del maestro. Es un eco del “buscad primero el reino de los cielos…” (Mt 6,33). La literatura mística y piadosa ha contrapuesto a menudo a las dos hermanas; pero, el texto no opone la contemplación a la acción, ni dice que la contemplación sea más perfecta que la acción. No se contraponen ámbitos de vida ni se alude a una división de vocación contemplativa y activa. Jesús le dice a Marta que su hermana está en la dirección buena. Jesús quiere decir a Marta que no se moleste demasiado, que cualquier cosa es suficiente para comer, que ha ido a verlas y a hablar con sus amigos del reinado de Dios y esto es lo que importa de verdad.
De modo semejante dice a la samaritana que el agua que sacia de verdad es la que salta hasta la vida eterna y no la del pozo, sin que esto signifique que no tuviera sed o que no le agradeciera el vaso de agua que le pedía para beber. Y cuando regresaban los discípulos, que había enviado al pueblo a comprar víveres, mientras él se quedaba junto al pozo hablando con la mujer, les habla de otro alimento muy superior: el cumplimiento de la voluntad del Padre (Jn 4,8.34). Jesús no ignora las necesidades inmediatas del cuerpo y la diaria vivencia. El mensaje se dirige exclusivamente al cristiano, al que se le pide mantenerse a la escucha de Jesús. El cristiano puede llegar a prescindir de todo, si la palabra de Jesús es su alimento y guía.
San Lucas, en evidente contraste con la mentalidad y la práctica de la época, presenta sin reparo a una mujer en actitud de discípulo, sentada a los pies de Jesús, e incluso, la encumbra al rango de un modelo de discípulo. Ello indica una línea de pensamiento que, implícitamente, orientaba a concebir una nueva identidad personal de la mujer y una privilegiada posición social de la misma. Y, sobre todo, implica devolver al hecho toda su fuerza de novedad, ruptura y progresismo, que, por su envergadura, puede considerarse, sin duda, prototipo, para la cuestión femenina en el futuro. Piénsese en el sacerdocio de la mujer y demás aspiraciones coartadas.
El Evangelista trata, simplemente, de inculcar la necesaria actitud de escucha, de abertura, cargada de esperanza, hacia el Maestro que es la respuesta del Padre. Es una temática habitual en el tercer Evangelio, en el que, ya al inicio, se describe a María, la madre de Jesús, como prototipo de escucha reflexiva (Lc 2,19.51). La escucha de la palabra de Jesús es una exigencia fundamental del amor a Dios.
María, igual que Marta, acoge a Jesús, pero la acogida que ella le da no es un don que ella le ofrece. Ella acoge, pero al mismo tiempo se siente acogida. La diferencia entre las dos hermanas está en que Marta se da al Señor y siente el gozo de darse, mientras que María se da, pero no tiene la satisfacción de darse, sino la de ser acogida. Esta ha de ser la actitud de la Iglesia y de los evangelizadores al acoger a los pobres. Hay que dejarse evangelizar por aquellos a quienes se evangeliza, por los pobres. Hay que ver con claridad, que, cuando el Señor pasa, se le ha de acoger en casa, como hace Marta, y, cuando habla, escucharlo, como hace María. Viene a hablar con ellos de Dios y de su Reino, y esto es lo que importa de la vida.
Camilo Valverde Mudarra
Anda y haz tú lo mismo
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Domingo XV T. Ordinario. Ciclo C
Dt 30,10-14; Sal 68,14-17; Col 1,15-20; Lc 10,25-37
En aquel tiempo, se presentó un doctor de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús le respondió: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella? Él contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dijo: Bien has dicho. Hazlo tú y tendrás la vida». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse le preguntó: Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos … ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él contestó: El que tuvo misericordia de él. Díjole Jesús: Anda y haz tú lo mismo.
La primera lectura del libro del Deuteronomio recuerda la acción salvífica de Dios: Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable. El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo (30,10-14).
Los preceptos y mandatos son expresión de Dios; su voz resuena en cada uno de los Mandamientos. El hombre atento a la voluntad de Dios ha de convertirse, que quiere decir rodear los pasos y volverse hacia Dios, para cumplir siempre su voluntad. Los Mandamientos, que son fruto de su amor entrañable, exigen una correspondencia de amor por parte del pueblo. Así se entra en alianza, en virtud de la cual el Señor “te constituye pueblo suyo y él será tuyo” (28,12). Por eso, Dios mismo se encargará de grabar su palabra en el corazón humano para que éste la acepte y pueda desplegar todo su dinamismo (Jr. 31,33). El hombre de cualquier latitud y época deberá abrir los oídos y los ojos de su inteligencia, para captar el impulso del amor. Conocer la voluntad divina no exige hacer proezas: el mandato está al alcance de todos. Basta con abrirse a la palabra de Dios (cfr. Rom. 10, 6-8); el hombre descubre con claridad el sentido de la palabra divina porque se la ha revelado en forma de mandatos y de preceptos.
Pero la facilidad de la alianza no está solo en que haya sido dada y promulgada en sus mandamientos, sino en que el destinatario haga suya la palabra de la ley. Esta idea de interiorización de la ley remite a Jeremías y equivale a su “alianza nueva” (Jer 31, 33); viene Dios en el Sinaí al encuentro del pueblo, en una conjugación de distancia y cercanía. El pueblo es requerido a ir al Dios distante por el Dios cercano, el que ha venido a su encuentro. Es Dios mismo el que está en la vida de la persona, el que pronuncia la palabra que toma cuerpo en el precepto y el que da también la fuerza para poder responder con facilidad a esa palabra.
Estas promesas del Antiguo Testamento tendrán su cumplimiento en el Mesías Jesús: «… ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido» (Hch 2,33), de suerte que quienes se conviertan y bauticen «recibirán el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38) que los guiará desde dentro (Rom 8,14). Pablo aplicará a Cristo el tema de la «cercanía de la palabra» (Dt 30,14): «A tu alcance está la palabra…, es decir, la palabra de la fe que proclamamos» (Rom 10,8).
El error más grave que puede cometer el cristiano es cerrarse a la palabra de Dios, al mensaje bíblico. En tiempos pasados, la Iglesia Oficial prohibió la lectura de la S. Escritura a los fieles. No se entiende esta paradoja. Incluso llegó a hacerse axioma entre el pueblo que la Biblia era lo característico del protestante, mientras la Eucaristía lo era del católico. El Concilio Vaticano II puso coto a este burdo error al hablar del “pan de vida” distribuido a través de la Palabra y de la Eucaristía. Obstinación culpable es cerrarse a la palabra de Dios.
El salmo responsorial clama: Humildes, buscad al Señor y revivirá vuestro corazón. Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad… (68,14-17).
Este es uno de los salmos más citados en el Nuevo Testamento. Jesús cita explícitamente este salmo, la víspera de su Pasión, hablando de sus enemigos: “me odian sin motivo, injustamente” (Juan 15,25). ”Cuando tuve sed, me dieron vinagre” (Juan 19,28). El evangelio afirma que Jesús dijo, “tengo sed”… para que la escritura se cumpliera (Mt 27,48; Mc 15,36).
Este justo que sufre por la causa de Dios es un pobre anónimo del Antiguo Testamento… Y, eminentemente, es Jesús en la cruz. El grito de lamentación que sube del salmo, para alguno de nosotros, puede ser de candente actualidad: “Sálvame, Dios mío… Me hundo… Me agoto… Mis ojos están cansados… mis detractores son numerosos… Lloro… Los insultos llueven sobre mí”… Es la oración de los enfermos, de los desgraciados. Pero es también, colectivamente, la llamada de los países del tercer mundo. Helder Cámara, dice: “La Iglesia nos enseña la paternidad de Dios y la fraternidad humana”.
Segunda lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses. El apóstol dice: Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, la cabeza del cuerpo de la Iglesia… (Col 1,15-20).
Colosenses es un escrito de la escuela paulina, hay bastantes dudas de que proceda del mismo San Pablo directamente. El tema del escrito es el misterio de Cristo.
La proclamación de la lectura de hoy nos presenta una especie de gran himno a la gloria de Cristo, imagen del Dios invisible, creador y redentor. Dios se refleja y revela en Cristo. En el Señor, podemos entender mejor lo que somos y lo que debemos ser. Este himno es una de las partes del Nuevo Testamento, que más profusamente se comenta y expone el significado de Cristo para todos y para todo. Este himno cristológico se divide en tres partes: Alabanza a Cristo, creador de todas las cosas; acción de gracias por el redentor, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia y honor a Aquel que lo ha reconciliado todo en El.
Cristo es creador, pero no se puede considerar esta característica de Cristo aislada de la de redentor. Es él quien crea y quien repara la creación. Cristo es imagen de Dios invisible: sacramento del encuentro con Dios. Es el primogénito de toda criatura, en su condición de hombre-Dios, porque es anterior a todas ellas; engendrado antes de toda la creación, por quien y para quien todo ha sido hecho; su resurrección lo establece y lo confirma en una preeminencia absoluta sobre la creación natural, todo ha sido creado por Cristo, en él y para él; la creación por Cristo supone que está incluida en ella la encarnación que debe restaurarla.
Cristo es redentor y por ello creador; este hecho nos da una idea completa del plan de Dios y nos hace ver la redención como un elemento interno que hace estallar el mundo viejo para recrearlo: es el mismo que, como imagen del Padre y Verbo hecho hombre, crea, recrea y constituye un Cuerpo, del que él es la Cabeza.
Cristo lo ha reconciliado todo en sí, es plenitud, por la sangre de su cruz lo ha reconciliado todo, lo de la tierra y lo del cielo. Si Cristo se ha humillado, si ha aceptado la “kenosis”, el anonadamiento, la pobreza, el vacío, sobre todo en su pasión (Flp 2,7-8), ahora es plenitud, es vida, en toda la extensión del término. Por haberse humillado por debajo de los ángeles, ha recibido la exaltación y el nombre que está sobre todo nombre (Flp 2,9).
Dios es Aquel que lo da todo, da la vida en Jesucristo por la humanidad entera, por todo el universo; y hace la paz. Creer en un Dios así acaba con todas las imágenes que hablan de un Dios que se desentiende de los hombres
El santo evangelio de San Lucas relata la parábola del Buen Samaritano (10,25-37). Es la parábola de la puesta en acción del Mandamiento Nuevo: amar como Jesús. Y Jesús, como afirmaban algunos de los Santos Padres, es el Buen Samaritano, que se acerca y siente compasión de la viuda de Naím, de la oveja perdida, de la muchedumbre hambrienta, es aquél que ante el leproso no se conforma con curarlo de palabra, sino que extiende su mano, para tocarlo y ofrecerle así la ternura de una mano amiga, sin importarle las normas de pureza, como importaron al sacerdote y al levita, que dieron un rodeo, para no complicarse la vida.
Al anónimo caminante de Samaría, se le “conmovieron las entrañas” ante el caído, una expresión que se utiliza repetidamente en los evangelios para referirse a la reacción de Jesús ante el dolor ajeno. La palabra “moverse a compasión”, en griego designa únicamente la misericordia de Dios o la de Cristo (Mt 9.36; 14.14; Lc 7.13; 15.20), un sentimiento divino que inspira al samaritano, imagen de Dios, la revelación del amor de Dios por el hombre. El esquema entra en el de la parábola del buen pastor y la del hijo del dueño de la viña (Jn 10.1-17; Lc 20.9-18). Del mismo modo, el buen samaritano llega después de los sacerdotes y los levitas que no han querido ni podido salvar al hombre herido. El samaritano revela el amor de Dios a la Humanidad; este pasaje señala su sentido: los apóstoles son bienaventurados, porque están asistiendo, por fin, a la manifestación del amor de Dios y van a revelarlo con eficacia. Refleja la historia de la salvación, Cristo viene, bajo la apariencia de un samaritano, de un despreciado (Jn 8.48), como el hijo del dueño de la viña, para revelar el amor de Dios, allí donde las técnicas de salvación paganas y judías fracasaron. San Lucas precede esta parábola con la discusión sobre el mandamiento más importante, para mostrar que el deber de la caridad implica nuevas exigencias tras la palabra de Cristo. Amar al prójimo como a uno mismo no basta, hay que preguntarse cómo se puede ser el prójimo de los demás y amarlos hasta el summum, como Dios los ama.
Este es el Mandato Nuevo de Jesucristo que “os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13,34). Es urgente, pues, concienciarse de la postración de esta Humanidad herida, abandonada, medio muerta al borde del camino, que Cristo ha venido a salvar. En este caso, la caridad no es una simple obligación moral, sino muestra del amor de Dios, signo de la misericordia divina.
¿Quién es mi prójimo? Lo importante no está en saber sino en hacer. Los conocedores de la ley pasan de largo ante la realidad del prójimo; el ignorante, samaritano, se detiene y hace realidad el precepto del amor. Prójimo no es el que yo busco, es el que viene de improviso, el que aparece sufriente, el que está, ahí, cercano y caído, oprimido y sin vida. Andamos los caminos del mundo animados de muy buenas teorías de paz, amor, justicia; pero el hombre sigue tirado al borde del camino, desprovisto y casi exhausto. El prójimo es pequeño, cercano, próximo. Las teorías no liberan al hombre, sino las obras. Los teóricos pasan de largo ante lo concreto, que es lo único real, se sumergen en su idealismo y dejan, olvidan la realidad. Lo que salva es vivir y hacer vivir y obrar como prójimo, no las teorías filosóficas de projimidad. El caído al borde es un hombre, sin nombre, sin postura religiosa o política; y, sólo, esto basta. Lo perentorio es que está necesitado. “Ve y haz tú lo mismo”. Es hacer, ejercer y practicar el amor.
Camilo Valverde Mudarra
Está cerca de vosotros el reino de Dios
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Domingo XIV T. Ordinario. Ciclo C
Is 66,10-14; Sal 65,1-7.16.29; Gál 6,14-18; Lc 10,1-12.17-20
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando, como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa.” Y si allí hay gente de paz, se posará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”. Pero en el pueblo que entréis y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios”.
La primera lectura del libro de Isaías (Is 66,10-14): El último capítulo de este libro, obra del llamado “Tritoisaías”, profeta anónimo, nos invita a la alegría: “Festejad a Jerusalén, Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz”. Quiere llevar a los desilusionados israelitas un mensaje de consuelo y de esperanza.
La perícopa habla del renacer de un nuevo pueblo mediante la imagen de un parto inesperado. La tierra de Judá que tenía a sus hijos en el destierro (=muertos) han vuelto (=renacer). El parto ha sido milagroso, el pueblo nace antes de que la madre sienta los espasmos del parto (=sin guerras, sin revoluciones…). Jerusalén madre de ubres abundantes, será capaz de saciar todos los deseos, hasta ahora insatisfechos, de los que volvieron del destierro. Madre no sólo fecunda sino también tierna, femenina, que lleva a sus hijos en brazos y acaricia a los hambrientos de consuelo y de liberación. Y el poeta se siente tan seguro de esta realidad esperanzadora que invita ya al pueblo al gozo y a la alegría. El parto inesperado y milagroso de la nueva ciudad debe transformar los sentimientos de sus hijos: el luto se convierte en alegría, “… el traje de luto en perfume de fiesta…” (61,3.10), los huesos áridos y calcinados florecen como el prado (v. 14).
El profeta presenta al mismo Dios, como una madre llena de ternura que acoge entre sus brazos al pueblo: “Como un hijo al que su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados”. Es tal vez éste el único pasaje de todo el AT en que expresamente Dios se autopresenta bajo la comparación de una madre. Aunque otras veces se habla del amor entrañable de la madre (cf. Is 49,15), es aquí donde aparece de forma directa la ternura de Dios; y esta ternura es capaz de convertir lo árido, la angustia, la desolación, en verdor, gozo y esperanza. La acción salvadora de Dios es fuente de gozo y de vida, para un pueblo herido y desconsolado que debe reconstruirlo todo después de la noche y de la cruz del exilio: “Al verlo se alegrarán, sus huesos florecerán como un prado”.
Los verdaderos servidores de Dios se alegrarán de una Jerusalén renovada (vv. 7-14), los impíos sufrirán un gran castigo (vv. 15-17). En el fondo, lo que decidirá la suerte de todos los hombres es su docilidad o su hostilidad hacia Dios. No hay posibilidad de resurgimiento espiritual sin la renovación personal e interior.
Con este nuevo re-nacer brota la paz y la abundancia. Paz como culmen del progreso, del desarrollo. El sufrimiento del pueblo debe desembocar en alegría, en resurrección, en progreso (v. 12; cfr. 60,5s.13: 61,6). La palabra paz expresa algo más que la pura ausencia de guerra. Teológicamente la paz es un don de Dios (Núm. 6,26) y signo de su bendición (Sal 29,11). El realismo bíblico no separa nunca la paz interior (o espiritual) de la paz exterior, de la no-guerra: ésta es signo de aquella y la primera anuncia y condiciona la segunda (sal 122,6-7). En este pasaje de Isaías la paz incluye los matices de salud, fecundidad, prosperidad, amistad con Dios y con los hombres. Porque sin justicia no hay paz cuando realmente no hay tal paz (Ez 13, 10).
Israel cuenta siempre con el consuelo y el perdón de Dios (cf. Jer 31,20). Cuando Dios ha hecho la paz con el hombre es que es posible la paz entre los hombres.
El Salmo responsorial:
Aclamad al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria; decid a Dios: «Qué temibles son tus obras» (65,1-7.16.29).
Segunda lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas
San Pablo, en el último párrafo de esta carta, afirma: “Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál 6,14-18).
Les confiesa que el centro de su experiencia espiritual y de su actividad misionera es solamente la cruz de Cristo. Los Gálatas estaban tentados a construirse una religiosidad hecha de prácticas y ritos sin provecho real, una vida religiosa fundada en la ideología legalista de los grupos judíos de la época. Pablo sostiene con fuerza que sólo la vivencia de la cruz, como donación de amor sin límites a Dios y a los demás, es fuente de nueva vida: “Lo que importa es el ser una nueva criatura”. La esencia no está en las prácticas religiosas, sino en la novedad de una vida fundada en el amor efectivo hacia los demás, a imagen de Jesús. Y para lograrlo no hay otro camino que la Cruz.
Sólo la Cruz nos arranca de la seducción del mundo y del peligro de caer en la esclavitud interior del pecado, de la carne y de la ley. La Cruz marca la vida y la misión del cristiano a través de gestos de sacrificio y de amor. Lo que la vida misma tiene de abnegación, se transforma en ascética cristiana, que se motiva con amor y nos impele a seguir la llamada de Jesús, para cargar cada día con nuestra cruz. La ascesis primordial, sin embargo, brota en primer lugar de las exigencias en las actitudes y en el sacrificio físico que impone el compromiso cristiano.
Lo que más importa para Pablo es la figura de Jesucristo; en concreto, Cristo Crucificado, es el único sentido de su vida y quien lo ha transformado, la muerte de Jesús es lo que ha constituido el mundo, la historia y el hombre en una nueva situación. Y a su vez, la resurrección tiene parte importante y decisiva en esta transformación, que origina la nueva creatura, creada en Cristo, pues, realmente, el cristiano es un hombre nuevo a todos los efectos. Transido de Cristo, eso es lo que a él le importa; que todos sean como el Señor, lo demás no cuenta.
Lectura del santo evangelio según San Lucas hoy, trae un mensaje para toda la comunidad cristiana representada en los setenta y dos discípulos que envía Jesús (10,1-12.17-20).
San Lucas señala que la responsabilidad de la evangelización es de todos los creyentes y no sólo de los sacerdotes y misioneros. El Evangelio impone una misión universal a todos, en acción comunitaria, es la Iglesia entera la que evangeliza. Se trata de una instrucción catequética de Jesús a todos los evangelizadores. Indica la necesidad y la urgencia de la evangelización, “La mies es mucha…marchad”.
La misión de los 72 discípulos significa el aumento del número de los enviados por Jesús; es alargar la misión de los Doce, grupo histórico e irrepetible constituido por Jesús, para indicar la importancia fundamental de tal misión en la comunidad eclesial. Los “72” discípulos evocan los ancianos de Israel, que colaboraron con Moisés en la función de guiar al pueblo en el desierto (Num 11,24-30), imagen de la Iglesia; o el número de las naciones paganas según la “tabla de las naciones” en Gn 10. El número 72, viene a ser, pues, el fundamento, los ancianos y los destinatarios de la misión, todos los pueblos de la tierra.
La misión conlleva unas exigencias relevantes: La oración, el anuncio y la pobreza.
La oración que es la fuente y la raíz por la que el misionero realiza su trabajo. La fecundidad de la obra evangelizadora nace del contacto vivo y personal con Dios, que es “el dueño de la mies”. La misión es gracia que nace de la oración a través de la que Dios genera y envía nuevos obreros al servicio del Reino; por la oración los discípulos comprenden que la iniciativa de la misión es prerrogativa absoluta de Dios, que llama y envía, y por la que se ponen precisamente en disposición del proyecto de Dios en la obra misional.
En el anuncio urgente, sereno y valiente del Reino de Dios, el evangelizador realiza su misión urgido por el Reino de Dios. En aquel ambiente oriental saludar a alguien por el camino era algo que ordinariamente tomaba mucho tiempo; así Jesús les manda que “no se detengan a saludar a nadie por el camino”, que no pierdan tiempo, que aviven la proclamación del evangelio, todo lo demás es secundario. Al evangelizar, han de ser serenos y pacíficos, aun cuando se encuentren en situaciones hostiles de incomprensión, persecución o rechazo, actuar siempre como “ovejas en medio de lobos”. El apóstol no puede sucumbir a la violencia o la imposición forzada del mensaje. Si es rechazado, el misionero “sacude el polvo de sus sandalias”, en un gesto público que lo separa de quienes no acogen el Reino, signo de paganos, aunque repitiendo siempre con confianza que “el Reino de Dios está cerca”.
Y, por último, la pobreza, virtud imprescindible que muestra el estilo con que el discípulo anuncia el Reino. El enviado por Jesús cumple su misión bajo la gratuidad y la esencialidad, pues testimonia la salvación que es don generoso de Dios. El misionero no es un asalariado interesado por el dinero, sino un creyente que vive la providencia amorosa de Dios y anda absorto en la palabra, ajeno a las preocupaciones materiales; recibe lo que le ofrecen y dona lo que es y lo que tiene, la paz del Reino, poniendo de manifiesto en todo momento su amor activo y solidario por los que sufren a imagen de Jesús.
El gozo auténtico que brota de la misión, al regreso, es reflejo de la esperanza de la comunidad cristiana, que ve, cómo se extiende y fructifica el Reino y la Palabra de Cristo. El mal “cae” ante la fuerza arrolladora e irresistible del Evangelio. Los discípulos se llenan de gozo, ven que el mal se somete al “nombre de Jesús”. La frase, “está cerca el Reino de Dios”, puede interpretarse, como que “ha llegado el Reino de Dios”. El reino de Dios se identifica con Jesús; ellos anuncian al Jesús que llega, o mejor, al que ha llegado ya. El simbolismo es festivo y feliz. Jesús es el Señor, las fuerzas del mal están desarmadas. Tenemos, pues, una descripción del final de los tiempos, tal y como este final era imaginado entonces, con toda su carga de símbolos fantásticos. La alegría de la fe y de la misión, no se basa en el éxito de la predicación, sino en el hecho de que el Reino está cerca y lo comprueban al ser enviados por Jesús. Por tanto, han de huir de la visión triunfalista y entusiasta fundada en el éxito humano o el poder eclesiástico.
El verdadero evangelizador no se goza de sus logros, sino que centra toda su alegría en la función realizada gracias al amor de Dios. Su gozo es haber sido elegido para anunciar la Palabra del Reino. El mundo necesita que los creyentes proclamemos con nuestro testimonio el significado salvífico de la persona y de la palabra de Jesús. Como cristianos tenemos que ofrecer al mundo nuestro mayor tesoro y ése es Jesús y su palabra, su servicio, su entrega. Hay que hablar de Dios y de lo que supone la experiencia liberadora de Dios en el corazón del hombre y del mundo. El Señor que envía, pide que demos nuestro testimonio, que nos esforcemos en humanizar, servir, luchar por los cambios más favorables a los débiles. La tarea del cristiano es proclamar que Jesús ha llegado, tarea urgente y necesaria, para que este frío mundo, tome un rumbo diferente y entre en el calor del amor de Jesucristo.
Camilo Valverde Mudarra
El hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza
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Domingo XIII T. Ordinario. Ciclo C
1R 19,16.19-21; Sal 15,1-2.5-11; Gál 5,1.13-18; Lc 9,51-62
Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Mientras iban de camino, le dijo uno: Te seguiré adonde vayas. Jesús le respondió: Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A otro le dijo: Sígueme. Él respondió: Déjame primero ir a enterrar a mi padre. Le contestó: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios. Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia. Jesús le contestó: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.
La primera lectura del primer libro de los Reyes cuenta que Eliseo, al ser llamado, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: Déjame decir adiós a mis padres; luego, vuelvo y te sigo (1R 19,16.19-21). Elías, protector de los pobres y defensor del monoteísmo, está sufriendo dura persecución; pero el Señor no lo abandona, sino que lo conforta y puede continuar su ruta hasta la montaña de Dios tras un peregrinaje de cuarenta días y cuarenta noches (número evocador).
Este relato expone la vocación de Eliseo, como sucesor legítimo de Elías. La llamada divina es muy diversa, la de Elías se asemeja mucho a la de Moisés: los dos se encuentran con el Señor en el monte Horeb, aunque el uno entre rayos y truenos y el otro en medio de una suave brisa (Dios es libre, e incluso paradójico, en su forma de manifestarse), los dos dejan un sucesor como continuador de su misión: Josué, que recibe el bastón de mando y Eliseo, sobre quien se echa un manto como signo de investidura e invocación. Por el contrario, la llamada de Eliseo no está envuelta en teofanía alguna, sino que es mucho más prosaica: mientras realiza sus labores agrícolas, como Moisés, David, Amós, Gedeón, Samuel, Saúl, Simón, Andrés… y otros muchos, que guardan las ovejas o pescan.
Elías no lo unge, sino que le echa encima su manto milagroso (v. 19; cfr. Zac 13,4); el manto une a maestro y discípulo en la labor ininterrumpida de la misión profética. Eliseo se despide, lo sigue y lo celebra con un banquete. La llamada implica un cambio generoso de vida y por eso sacrifica los bueyes con los que araba y obtenía sus ingresos de vida; y pues toda llamada debe ser alegre, él la celebra con un banquete. Elías no impide a Eliseo decir adiós a sus padres. Tal vez, basados en una lectura superficial del texto evangélico de hoy, muchos han dado una interpretación errónea de la “llamada” al ministerio profético, evangélico; ser “llamado” no puede equivaler a orillar a padres y hermanos para servir a una institución religiosa. La llamada profética es dura, implica aguante, conlleva incomodidades sin cuento…, pero más que un desgarro familiar debe ser una ruptura con un “status quo” profesional. Elías con su manto sobre Eliseo, le transfiere la misión profética.
La vocación del profeta Eliseo ilustra los relatos de vocación de discípulos de Jesús. Aunque Jesucristo no recibió ninguna unción ritual, ni la de los reyes davídicos ni la de los sacerdotes levíticos, sobre él descansó la plenitud del Espíritu, con el poder de comunicarlo a todos los que creerían en él y recibirían la unción bautismal.
El Salmo responsorial exclama con alegría: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en su mano” ( Sal 15,1-2.5-11).
Segunda lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas reafirma que “para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad… Porque toda la Ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo» Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente” (Gál 5,1.13-18).
La Carta a los Gálatas es la Carta Magna de la libertad cristiana. El cap. 5 de esta carta constituye su efectiva conclusión. Pablo no aporta nuevas perspectivas sobre la libertad cristiana, sino que resume con pasión los puntos esenciales de lo que ha dicho sobre ello.
La libertad, lograda por Jesucristo supone un riesgo y un desafío, como es propio del vivir humano; por eso, eliminar la libertad, viene a ser un atentado, su renuncia, un absurdo y un pecado, su abuso. La libertad en Jesucristo es el amor; lo único es amar en totalidad y hasta el extremo. “Ama y haz lo que quieras” decía San Agustín. Pero primero ama a Dios y al hermano; es la condición básica, para ser libre. Se debe comprender que el Evangelio de Jesús es exigente, pero no inhumano, porque se sitúa en la línea de la libertad y del amor.
Lo que a Dios le importa es que salgamos de nuestros pequeños problemas para que nos anime su Espíritu. Solamente la intervención del Espíritu permite al hombre el llegar a cumplir su verdadera vocación El creyente realmente libre es el que se considera “esclavo” de Cristo. Esa es la manera de “tener fe” en la vida diaria: solucionar todo pensando que soy de Cristo y estoy al servicio de mis hermanos. De ahí nacen la alegría y la paz: la auténtica libertad se vive en la obediencia a la verdad y al Evangelio. Pablo especifica que la cruz es lo que libera al hombre, radicalmente (Gál 1, 4; 4, 5), la libertad es una realidad ya adquirida para la humanidad por iniciativa de Dios y por la muerte de Cristo. Pero falta la integración de cada hombre en este misterio de libertad, y esto es precisamente lo que viene a hacer el Apóstol; la libertad evangélica se opone, no sólo a la esclavitud de la ley, sino también a toda esclavitud religiosa (Rom 8, 21), a toda alienación del hombre por lo sagrado.
El amor es la expresión de esta libertad cristiana, porque la vida religiosa y moral liberada de las infinitas sobrecargas legalistas, puede concentrarse en el precepto único del amor; y porque el amor y el servicio a los demás permiten liberarse de la esclavitud de la carne o, más concretamente, del egoísmo.
Lectura del santo evangelio según San Lucas, hoy pone fin a la misión de Jesús en Galilea (9,51-62).
En San Lucas, la vida de Jesús se expresa, como la subida a Jerusalén; es el camino hacia la cruz. El texto dice que Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Era su gran cita con el Padre. Ciertamente, allí le esperaba la cruz, pero toda esa realidad tenía un sentido: vivir hasta el summun su comunión con el Padre que le va a llevar al triunfo de la resurrección. La vida del discípulo se indica en el “seguimiento”. El verbo “seguir” es el más empleado en los evangelios y determina con toda claridad lo que es ser cristiano. La vocación cristiana se resuelve en responder a la llamada del seguimiento de Cristo por el camino de la abnegación, pero con la vista puesta en que al final de la ruta se encuentra la resurrección y la vida.
El seguimiento de Cristo, aun imponiendo la ruptura total con el hombre viejo, es manumisión y oferta de libertad. El discípulo de Cristo no tiene limitaciones a su libertad que se realiza en el amor y el servicio fraterno irreconciliables con el egoísmo, el libertinaje y el relativismo acomodaticio. “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Si los guía el Espíritu no están bajo el dominio de la ley”, nos dirá San Pablo. Los que han sido revestidos de Cristo son los más libres. La radicalidad de Jesús con sus discípulos y seguidores está en relación con su misión; han de vivir en íntima unión con el Maestro en el anuncio del Reino, y, haciéndolo vida, promoverlo.
Este camino hacia Jerusalén se inicia con un rechazo de los samaritanos, como el de sus “compatriotas”, al comienzo del ministerio de Galilea. La reacción de Santiago y Juan, pidiendo “que caiga un rayo del cielo y los consuma”, provoca la reprimenda de Jesús, que desaprueba toda manifestación de intolerancia, fanatismo y violencia. El seguimiento de Jesús, rechaza de plano esas actitudes del creyente.
Respondiendo a tres aspirantes a discípulos, Jesús clarifica, cuáles son las condiciones que exige a quienes quieran seguirlo: esfuerzo, coherencia, desprendimiento. Las posturas de los tres presentan la fisura de no tomar como absoluto el seguimiento que ofrece Cristo; cuadran perfectamente con las medias tintas, carecen de una vivencia interior decidida a descubrir en el seguimiento de cada día la liberación y la verdad del salmista: Señor Tú eres mi bien.
El camino cristiano es el de Jesucristo: Amor y entrega. Antes de que Lutero defendiese que la salvación viene por la fe, la Iglesia, especialmente por medio de San Agustín, condenaba, en el siglo V, las doctrinas de Pelagio, que afirmaba la suficiencia del hombre, para salvarse por sus obras, sin necesidad de la ayuda de Dios. El pelagianismo quedó pronto desaprobado y olvidado; sin embargo, ha quedado un “pelagianismo latente”, en sentido de que obrar bien, reporta la salvación. Sin el amor de Dios, Padre, y el sacrificio de Cristo, no se alcanza la resurrección. La fe exige una radicalidad de vida, una coherencia con el Evangelio que hemos aceptado y que anunciamos. No podemos filtrar el evangelio de Jesús según nuestras conveniencias. De hecho las exigencias de Jesús son condiciones maravillosas, para nuestra libertad, nos alejan de las reducciones de nuestros miedos, complejos e intereses. Somos libres, pero libres, para amar más, en grado sumo. Vivimos en una sociedad que busca lo cómodo y lo fácil y que no entiende de compromisos definitivos. Busca una felicidad a toda costa; ser feliz es lo que importa y no le interesa el cómo. Ahí es necesario el testimonio del que sigue a Jesús en esta vida y se implica al servicio del evangelio
El camino del seguimiento a Jesús es una andadura de amor que no rechaza la atención a los padres ni ninguna otra obra de misericordia. Lo que el Señor quiere es que amemos; que sepamos con claridad, que el amor es exigente y puede llegar a partirnos y romper la vida. En el ser cristiano, no caben “componendas”. Y, porque nuestra vocación no resulta fácil, hemos de renovar cada día nuestra confianza en el Señor del amor y de la misericordia y seguir la senda con esfuerzo e ilusión.
Camilo Valverde Mudarra
El que pierda su vida por mí, la salvará
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Domingo XII del T. Ordinario. Ciclo C
Za 12,10-11; 13,1; Sal 62,2. 3-4. 5-6. 8-9; Gál 3,26-29; Lc 9,18-24
Un día, que Jesús estaba orando y sus discípulos estaban con Él, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?… Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios.
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, será desechado por los ancianos, los pontífices y escribas; lo matarán y, al tercer día, resucitará.
Y, dirigiéndose a todos, dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; y quien pierda su vida por mí, ese la salvará (Lc 9,18-24).
La primera lectura del libro del Profeta Zacarías (12,10-11; 13,1) expone que el pecado en su doble dimensión: contra Yahvé y contra sus ungidos, sus fieles, le atribula y lo traspasa: “Ellos volverán sus ojos hacia mi, a quien traspasaron con la lanza”, como lo había profetizado Isaías, 53,5: “Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes”.
La profecía de Zacarías tiene su pleno cumplimiento en Cristo Crucificado, con el corazón atravesado por la lanza y herido en sus manos y pies; y, por esas llagas, el Señor derramará sobre la dinastía de David un espíritu de consuelo y arrepentimiento, como lo confirma Pedro, en su 1ª carta 2,24: “Sus llagas os han curado”. La Carta a los Hebreos considera que el pecado es una crucifixión renovada: “Crucifican otra vez al Hijo del Hombre en sí mismos” (6,6). “Aquel día manará una fuente para que en ella puedan lavar su pecado y su impureza” (Zac 13,1). La fuerza de la gracia de Dios sólo la resiste la obcecación y la ceguera espiritual, si se arrepienten de su inmenso pecado, su misericordia infinita los perdonará. No tienen amor, no tienen virtud, carecen de mansedumbre; por eso les voy a infundir el fruto de mi Espíritu: “Amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí” (Gál 5,22).
Jesús da por nosotros hasta la última gota de su sangre. Lo hizo para liberarnos de la postración que nosotros mismos nos causamos. En la misa, como dice Zacarías, miramos y tenemos al que hemos traspasado.
El salmo responsorial invita a orar: Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma esta sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. “Me saciaré como de enjundia y de manteca y mis labios te alabarán jubilosos” (Sal 62).
La segunda lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas explica: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús (Gál 3,26-29).
La filiación de Dios y la fe en Jesucristo establece la igualdad, la dignidad humana y la fraternidad. Ya no existe la desigualdad, se impone el absoluto respeto a la dignidad y a los derechos humanos; queda abolida, no sólo la esclavitud, sino toda desigualdad social de los seres humanos. Todos somos radicalmente iguales; queda, pues, condenada toda discriminación por motivos le raza, de cultura, de sexo o de condición social. Quien está revestido de Cristo no puede hacer diferencias entre las personas. San Pablo afirma incluso que la esclavitud es contraria al Evangelio: “A gran precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres” (1Cor 7,22).
El sacrificio de Jesucristo, el Mesías Prometido restablece para los seres humanos el derecho a heredar la felicidad eterna en el Cielo, que habíamos perdido, y, para ello, nos proporciona todas las gracias. El Apóstol describe (Gal 3,26-29) en qué consiste la salvación: los bautizados somos revestidos de Cristo, hechos hijos de Dios y herederos de la promesa de Dios: la felicidad eterna. Y la salvación es para todos: judíos y no judíos, hombres y mujeres, esclavos y libres. Si bien hay una Voluntad de Dios general o absoluta: Dios quiere que todos los seres humanos se salven (cf. 1 Tim 2, 4), hay también una condición: que aquí en la tierra busquemos y hagamos la Voluntad de Dios, que exige evitar el pecado y arrepentirnos y confesarlo en el Sacramento de la Confesión si lo cometemos, hasta amar a Dios sobre todas las cosas y buscar en todo su Voluntad.
El Evangelio exige un cambio substancial en las relaciones sociales: el esclavo se hace libre en Cristo y el libre se hace esclavo también en Cristo, los dos se han hecho una misma cosa en Cristo. Deben, por tanto, sentirse hermanos y comportarse mutuamente como tales. Jesucristo ha hecho libre al hombre para que sea libre (Gal 5,1). La libertad no se puede hipotecar por nada de este mundo; nadie puede convertirse en esclavo por intereses humanos, porque esa esclavitud es el polo opuesto a la esclavitud cristiana, predicada por Jesucristo y hecha por amor y como servicio a los demás.
EL santo Evangelio de San Lucas (9,11-17) cuenta que Jesús quiso saber lo que pensaba de él la gente, lo que decían de su identidad y lo que opinaban sus discípulos. Para la gente era el Maestro, un profeta y para Pedro, en nombre de todos, el Mesías, que significa “Ungido”; pero el significado de la palabra “Mesías” es mucho más profundo; desde los primeros libros de la Sagrada Escritura el Pueblo de Dios espera al Mesías prometido, promesa que Dios va renovando y recordando a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Los judíos estaban pendientes del Mesías, era la esperanza del pueblo; sería el conquistador de todos los pueblos que les habían dominado, y el vengador de todas las injusticias y expolios que habían soportado, aunque marcado de un espíritu religioso. Así pensaban los esenios de Qumram y aún los discípulos. El Evangelio por boca de Pedro, inspirado directamente por el Espíritu Santo, afirma que Jesucristo es el Mesías, pero no Aquél a quien todo el pueblo de Israel estaba esperando durante siglos.
La mesianidad consiste en cumplir en todo su Voluntad de Dios, igual que el Mesías. También, en lo social y político, ha existido el mesianismo. El marxismo lo fue, tras el paraíso del proletariado, vencedor del capital. Así mismo, lo fue el nazismo, eliminando las razas consideradas inferiores, en busca de la super-raza. Para el nazismo, Hitler era el mesías, como lo es Castro para muchos. Ya lo dijo el Papa: Los nacionalismos exasperados son la idolatría actual.
Jesucristo indica que la profecía de Zacarías se refiere a Él: “Es necesario que el Hijo de hombre sufra mucho…que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día“. En la misa miramos al que fue traspasado por nosotros y participamos en el misterio del sufrimiento, muerte y resurrección”. El Papa Juan Pablo II en la Plaza San Pedro (11-Junio-1998) dijo sobre el Misterio de la Redención: “La Pasión y muerte de Jesús es un inefable misterio de Amor, en el que están presentes las Tres Divinas Personas: El Padre tiene la iniciativa absoluta y gratuita; es el primero en amar y, entregando al Hijo en nuestras manos homicidas, expone su bien más querido … El Hijo comparte plenamente el Amor del Padre y su Proyecto de Salvación … Y el Espíritu Santo actúa de manera especial en esta auto-donación absoluta del Hijo para transformar el sufrimiento en amor redentor”.
Dios prometió el Mesías, porque había diseñado un plan maravilloso al colocar a la primera pareja humana en un sitio y un estado ideal de felicidad: el Paraíso Terrenal o Jardín del Edén, pero nuestros primeros progenitores se rebelaron contra Dios, su Creador, y perdieron ellos y nosotros la inicial condición de felicidad perfecta en que Dios los había colocado, no sufrían, ni enfermaban, ni morían; además, gozaban de una tendencia natural a hacer el bien, un mejor conocimiento de Dios del actual y una relación de mayor intimidad con El. Y Dios, que nos creó para que pudiéramos disfrutar para siempre de su Amor Infinito, no quiso abandonarnos, ni dejarnos en desgracia, sino que preparó y diseñó un Plan de Rescate para la humanidad. Los seres humanos habíamos quedado sometidos a la esclavitud del Demonio, por haber aceptado Adán y Eva la proposición que les hizo en contra de Dios. Quedamos caídos y Dios decidió salvarnos; así Dios viene a hacer por nosotros lo que no podíamos hacer por nosotros mismos: rescatarnos. Es cuando nos promete un Salvador. (cf. Gn. 3,15).
Por eso, el Pueblo de Dios esperaba al Mesías, al que vendría a salvarlos. Y en esa espera llega el momento del rescate de la humanidad y Dios se hace Hombre, se hace igual que nosotros: se baja de su condición divina -sin perderla- y toma nuestra naturaleza humana. Sucede, entonces, el misterio más grande del Amor de Dios, el más grande milagro jamás realizado: Dios se hace Hombre para salvarnos. Dios viene El mismo a rescatarnos de la situación en la que nos encontrábamos. El Papa Juan Pablo II en la Plaza San Pedro (11-Junio-1998) dijo sobre el Misterio de la Redención: “La Pasión y muerte de Jesús es un inefable misterio de Amor, en el que están presentes las Tres Divinas Personas: El Padre tiene la iniciativa absoluta y gratuita; es el primero en amar y, entregando al Hijo en nuestras manos homicidas, expone su bien más querido … El Hijo comparte plenamente el Amor del Padre y su Proyecto de Salvación … Y el Espíritu Santo actúa de manera especial en esta auto-donación absoluta del Hijo para transformar el sufrimiento en amor redentor”.
El Plan de Redención se inicia con el humilde “fiat” de la Santísima Virgen María, al aceptar ser Madre del Hijo de Dios, del Mesías, la espera milenaria por el Mesías, Salvador, va llegando a su fin, de ahí que la respuesta de Pedro en el Evangelio de hoy, reconociendo a Jesús como el Mesías, se presenta tan significativa y crucial. Sin embargo, tras ello, venía la sorpresa de la terrible noticia: El “Mesías”, es decir, Jesús debía sufrir mucho, debía ser rechazado, condenado a muerte, morir … y luego resucitar. Pero se ve, por los textos de la Resurrección, que los discípulos no captaron el anuncio de la resurrección, de modo que se sorprenden y no reconocen al Resucitado. Y es que, aunque ya los Profetas habían anunciado un Mesías Sufriente que purificaría al Pueblo de Dios de sus pecados, el Pueblo de Israel esperaba un Mesías Triunfante. El Profeta Isaías, (cf. Is 53) describe con elocuencia los sufrimientos del Mesías en el Siervo, pero no se daban cuenta de que el triunfo mesiánico pasaba por la Cruz y luego venía la Resurrección.
También nosotros nos preguntamos quién es Jesús. Los teólogos de todos los tiempos han inquirido la identidad de Jesús; pero, llegar a su conocimiento más pleno requiere toda una vida de contemplación de esa maravilla de amor que el Padre nos da por pura gracia. “Hay mucho, dice San Juan de la Cruz, que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van hallando en cada seno nuevas venas de riquezas acá y allá“. Para ir conociendo a Cristo, es preciso asociarse a su cruz, llevarla con paz cada día y seguir su ruta con abnegación. El seguimiento es causa de conocimiento, y el conocimiento, conduce a seguirlo con mayor fidelidad, aun en medio de la noche del sufrimiento y a través de la muerte. Porque el conocimiento engendra amor. El amor que el Maestro proclama: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.
“Cargar la cruz”, es escuchar su palabra, imitar a Jesús y seguir su ejemplo: perdonar siempre, amar sin límites, vivir el misterio de Dios, Padre y seguir sus pasos de misericordia, aunque signifique la muerte, “el que quiera salvar su vida la perderá”; es vivir en este mundo de envidias y rencores, de competición y violencia, para, incendiándolo de amor, cambiarlo. Es aceptarse uno a sí mismo, con sus defectos y limitaciones. La sabiduría reside en entrar por la puerta que es la cruz, aunque es angosta; es inmolar al hombre viejo, para revestidos de Cristo, recibir al hombre nuevo del amor constante a Dios y al prójimo.
Camilo Valverde Mudarra
Yo no soy yo, es Cristo quien vive en mí
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Domingo XI T. Ordinario. Ciclo C
2 Sm 12,7-10.13; Sal 31,1-2.5.7.11; Gál 2,16.19-21; Lc 7,36-8,3
En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se puso a la mesa. Y una mujer pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume…
Jesús le dijo: Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: Supongo que aquel a quien le perdonó más…
Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, ama poco… Tu fe te ha salvado, vete en paz.
Primera lectura del segundo libro de Samuel (2 Sm 12,7-10.13) dice: “Después del pecado de David, el profeta Natán fue a su encuentro y le dijo: «¡Tú eres ese hombre! Esto dice el Señor, Dios de Israel: “Has despreciado al Señor haciendo lo que le desagrada… David dijo: He pecado contra Yahvé…”.
David nació en la segunda mitad del siglo XI a.C. en Belén capital de la tribu de Judá. Tras una exitosa vida militar, a la muerte de Saúl, David fue proclamado rey de Judá. Después de haber cometido adulterio con Betsabé y tramado la muerte de su esposo Urías, la fortuna dejó de sonreírle a este gran soberano de Israel. La conducta de David no gustó al Señor: la narración de este hecho es una de las más bellas y vigorosas del A.T.; el profeta Natán la abre con una parábola, elemento enormemente apto para introducir el diálogo y hacerle al rey recapacitar y reconocer su error. Por eso, tras oír a Natán, David confiesa su pecado y hace penitencia. Fue un hombre religioso al estilo de su época, de piedad sincera y de oración frecuente, y, por sus pecados, hizo penitencia aceptando las orientaciones del Natán.
Desde la antigüedad, la tradición ha puesto en boca de David el salmo 51, llamado “Miserere”, especialmente penitencial y el más conocido, es de una hondura intensa y exquisito sentido religioso; ha llegado a ser la oración clásica de la penitencia. Se cree que él mismo compuso algunos salmos en honor del Señor; son textos poéticos para orar, expresan una reflexión sobre el encuentro con Dios.
El Señor perdona al rey, pero el niño que había concebido con Betsabé, a pesar de las súplicas, muere; tras de lo cual tuvo otro hijo a quien llamó Salomón, que fue amado por el Señor. El nacimiento de Salomón es prenda y garantía de que Dios ha perdonado a David, Dios se hace presente en la Historia, su presencia y su mano preside y guía todos los acontecimientos; el amor de Dios se hace expreso; el que le tiene a Salomón es un amor de elección.
El salmo responsorial canta: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
Segunda lectura de la carta a los Gálatas San Pablo dice: Hermanos, estoy crucificado con Cristo: yo vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios (Gál 2,16.19-21).
Los gálatas eran un pueblo de origen céltico, emparentado con las tribus de la Antigua Galita, que a través del curso del Danubio y traspasando Macedonia, habían llegado a la península del Asia Menor, hoy Turquía, para instalarse en su parte central. En el 180 a,C. se constituyó este territorio en la provincia romana de Galacia. San Pablo la evangelizó en su primer viaje apostólico durante los años 45-49 d. C.
El Apóstol desarrolla aquí el tema central de la carta: La salvación del hombre viene de Dios por la fe en Jesucristo, que entregó su vida para librarlo de sus pecados y de la perversión de este mundo. El hombre ha de colaborar no por el cumplimiento minucioso de la ley, sino mediante la palabra salvadora de Dios y una fe viva en la práctica del amor.
Esta perícopa presenta dos partes; en la primera se destaca lo esencial del mensaje cristiano, con predominio de los términos jurídicos referentes a la fe; son vocablos clave: salvar, salvación, fuerza salvadora, cuyo origen bíblico original hace referencia a la justicia, que en el A.T. abarca las relaciones entre Dios y el hombre en el marco de la alianza. Dios es justo por su fidelidad a la alianza, que ha establecido para con su pueblo para librarlo de los enemigos, para protegerlo y enriquecerlo, en definitiva para salvarlo. Dios nos salva por creer en Jesucristo. En la otra, el Apóstol habla en primera persona del singular mediante el empleo de la expresión mística. Aquí la clave está en la expresión “estoy crucificado con Cristo”. Pablo ha muerto a la ley, el cristiano no está ya ligado a la ley, lo espera todo de Cristo; el cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo, participa de la muerte de Cristo, en lo que tiene de liberadora.
Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
El santo evangelio según San Lucas (Lc 7,36-8,3) cuenta hoy la invitación a comer de Simón a Jesucristo, la pecadora que riega sus pies con sus lágrimas y la lección sobre el perdón en relación con el amor. El cristianismo se distingue por la cantidad de amor que, a imitación de Jesucristo, se ponga en práctica cada día.
Mientras la unción de Betania de los otros evangelistas prefigura y anuncia la pasión y muerte de Jesucristo, esta de Jerusalén, que cuenta San Lucas, tiene el significado de perdón y conversión, para subrayar el aspecto favorito de este evangelista: la misericordia de Jesús con los pecadores; Lucas quiere expresar la íntima relación que hay entre el amor agradecido y el perdón de los pecados, que se hace presente en Jesús. David, a quien atribuye la tradición el conocido “Misserere”, Salmo 51, lloró e imploró el perdón: “Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”; “hizo penitencia, lo que no suelen hacer los reyes, sentencia San Agustín, y su pecado fue perdonado”. Igualmente perdona Jesús a aquella pecadora, que lo buscó, y, venciendo todo respeto humano, le regó los pies con sus lágrimas de arrepentimiento, los besó y se los ungió con perfume. Porque amó mucho, se le perdonaron muchos pecados. Habría sufrido muchos desengaños. Estaba desengañada y hastiada de su vida. El fariseo pensaba: “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es esta”.
Jesús, que ha leído sus pensamientos, da a Simón la posibilidad de convencerse de que Él es el Mesías; al mismo tiempo, con la parábola, prepara a todos para comprender quien es y sale, como siempre, con su misericordia, en defensa de la mujer. Jesucristo es el primer defensor de los derechos femeninos, devuelve a la mujer su dignidad y la igualdad (cf. Lc 8,1-3), la admite en su discipulado, la acoge y trata en paridad de rango con el hombre, envía a la Samaritana en misión, nombra Apóstol a la Magdalena y se aparece a ella la primera; no es cierto que fuera prostituta, sino que sufría una grave enfermedad psíquica de la que Jesús la curó y desde entonces lo sirvió y no se apartó de Él. Lucas señala la gran importancia que Jesús concede a la mujer (8,1-3), el que Jesús fuera acompañado de varias mujeres era algo insólito entre los judíos; la mujer tenía un papel social y religioso marginal y de sometimiento; pero el Maestro se salta los prejuicios y va dignificar a la persona, sin convencionalismos; son las mujeres los primeros testigos de su muerte y resurrección y están presentes en el origen mismo de la Iglesia (Hech 1,14). De ahí, que ella deba ocupar en la Iglesia funciones de más fundamento.
Jesús, dejando que aquella mujer con sus lágrimas le muestre todo su afecto y gratitud, actúa con libertad y con autoridad y habla con toda franqueza. Se había arrepentido y fue perdonada, vino a Cristo a expresarle, con signos externos, su cariño y agradecimiento, y, allí, junto a Jesús, en ese encuentro sincero, siente que Dios sigue creyendo en ella y le abre un futuro diferente. Simón no tenía conciencia de ser pecador ni de que hubiera de ser perdonado, por lo que no brotaba el amor en su corazón. El evangelio de hoy invita a experimentar el amor y el perdón de Dios, a elevar la plegaria de alabanza y a expresar gratitud en el afecto cercano al prójimo.
La pecadora, como el hombre que encontró un tesoro y fue, vendió todo lo que tenía y lo compró, ha encontrado a Jesús y, cambiando su vida, ya no lo dejará jamás. La mujer, como todo el mundo, iba buscando la felicidad, pero no la había encontrado; la vida que llevaba no la hacía feliz, vivía la insatisfacción y un vacío profundo. La felicidad estaba en la decisión de ir hasta Jesús con sus lágrimas y arrepentimiento. La conversión es el camino de la felicidad y de una vida plena. No es algo penoso, sino sumamente gozoso. Es el descubrimiento del tesoro escondido y de la perla preciosa.
Muchas de estas mujeres siguen ese torbellino por necesidad, por cálculo o por interés. La sociedad las margina. Jesús las acoge, las perdona y las pone en el camino del amor y la entrega a Dios. El fariseo, que no creía necesitar perdón de nada, se quedó sin el encuentro con Jesucristo. Lo había hospedado en su casa. Pero, ni se conocía él mismo, ni había llegado a descubrir a Jesús en la misericordia del Padre. Jesús salió de casa de Simón gozoso por haber encontrado a una mujer que estaba perdida. “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos” (Lc 5,31). Simón el fariseo también estaba enfermo, pero no lo sabía ni le interesaba saberlo. Jesús entró en su casa, y él no supo penetrar en la realidad de su huésped (Lc 7, 36).
Vivamos en Jesucristo, como el Apóstol: “Vivo, pero yo no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.
Camilo Valverde Mudarra
Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo
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