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Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

 

29 de junio de 2009. Ciclo B

He 12,1-11; Sal 33,2-9; Tim 4,6-8.17-18;  Mt 16,13-19.

 

 “En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan Bautista, otros, que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo.
    
Jesús le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan!, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cieloâ€.

 

 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles:

 

     En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, …

 

El libro de los Hechos dedica los doce primeros capítulos a los sermones y actos de San Pedro y continúa luego con la obra de San Pablo. En esta perícopa, San Lucas cuenta que Dios libró a San Pedro de la expectación de los judíos y de la política de Herodes. Todo este relato de la liberación de Pedro se desarrolla entre lo maravilloso de la leyenda y la sobria realidad de la historia.

Herodes Agripa I, dependiente y sumiso al Imperio Romano, por congraciarse con los judíos y, en especial, con los fariseos, había emprendido una escalada represiva contra el naciente cristianismo; primero persigue a los cristianos helenizantes que seguían al protomártir Esteban, después manda decapitar al Apóstol Santiago, dato este que desdice, sin lugar a dudas, el título de evangelizador de España que le otorga una tradición tardía; y, por fin, encarcela a Pedro, para ejecutarlo en público ante la algazara del pueblo. Según la costumbre romana, Pedro ha sido encadenado a sus dos guardianes, que responderán con su propia vida de la seguridad del reo. Por ley, los soldados responsables de la custodia de un reo, si lo dejan escapar tienen que sufrir la pena del fugitivo (cfr. 16,27; 27,42). Este siniestro reyezuelo que persigue a la Iglesia naciente recuerda a su abuelo que persiguió a Jesús recién nacido. 

El texto narra la experiencia salvífica de Pedro, milagrosamente liberado de las cadenas del sanguinario rey, por un ángel del Señor, que se presenta y lo saca. Esta intervención liberadora recuerda la salida de Egipto, y, a la vez, la Pasión y Resurrección de Jesús. Precisamente tiene lugar en los días de Pascua y de noche; el ángel del Señor, igual que, en la primera Pascua, sacó al pueblo de la opresión, aquí vino a desencadenar a Pedro, que  huye de Jerusalén e inicia su éxodo hacia los paganos.

La pequeña comunidad cristiana de Jerusalén está reunida entre tanto en casa de María, la madre de Marcos, el evangelista, en donde Jesús había celebrado la Cena con sus discípulos. Así la oración acompaña a Pedro en su angustia durante toda aquella noche, al que no supo velar en Getsemaní.

La liberación de Pedro se inscribe entre las intervenciones salvíficas por las que Dios ha liberado a los suyos de la mano de los perseguidores. Dios conduce la historia de la Iglesia como dirigió la historia de Israel. En manos de Dios, la vida es siempre historia de salvación. El primer Pontífice vive en sí mismo la experiencia del pueblo escogido, que prefigura el nuevo y auténtico pueblo de Dios; el representante de Cristo recorre el mismo camino del Maestro, persecución y salvación son los signos confluyentes del cristiano.

Esa libertad de Pedro significa la liberación de la Iglesia; ambos se desprenden y salen de la opresión del judaísmo y del legalismo, decididos a consagrarse así a la misión salvadora. Al librarse de la prisión judía, Pedro deja y escapa de toda prisión humana, de toda coyunda que ata el anuncio evangélico en el reducto de un pueblo, de una clase, de una época, para libre y voluntario proclamar al mundo los dones del Reino de Jesucristo.

 

 

SALMO RESPONSORIAL:
 

     El ángel del Señor librará a los que temen a Dios. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo:

      Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida…

 

Este texto, por su tensa y emotiva claridad exige poco comentario. El Apóstol, tras haber terminado su combate con éxito, firme en la fe, ve inminente su hora. Ha predicado y llevado el Evangelio a las naciones gentiles; ahora, al final, cargado de cadenas como un criminal, está en la cárcel de Roma (1,8.16); nadie ha salido en su defensa ante el tribunal que le juzgaba; ha tenido que presentarse ante el Cesar y todos lo han abandonado, no ha encontrado ni un solo testigo. Siente que su muerte le ronda ya cercana y escribe a su hermano e hijo en tono de testamento.

Estando a punto de ser sacrificado, Pablo, lleno de satisfacción por haber cumplido el encargo del Señor, ve el pasado y el presente con total confianza en el amor del Padre, Dios. Acaba de tener una amarga experiencia. Pablo entiende su muerte próxima, como un sacrificio de libación, que ofrece a Dios y en el que va a ser derramada su sangre (Fil 2,17). Ese caer de la sangre es lo que se llama rito sagrado de libación en el que, después de probar un líquido, se derrama sobre el altar, sobre la víctima o la tierra. En los sacrificios judíos y paganos se practicaban libaciones de agua, vino y aceite (cfr. Ex 29,40; Num 28,7). Pablo acepta serena y confiadamente la muerte, en la certeza de que se vive y se muere siempre para el Señor (Rom 14,8).

Habiendo escrito muy poco de los sacrificios rituales, se refiere al sacrificio existencial de su vida como coronación de su actividad apostólica. Está dispuesto a hacer el sacrificio total. Toda la vida de Pablo ha sido un sacrificio, ya no le queda sino la liberación. Mediante las imágenes recurrentes del atletismo, explica su entrega plena y total a la proclamación del Evangelio, con la vista en la meta que ya tiene a su alcance. Se ha esforzado y ha conseguido mantener viva y encendida la antorcha de la fe. Y vencedor, espera recibir la corona del triunfo eterno, la corona de justicia de manos del Señor (cfr. Ap 2,10). Esta corona es para él una gracia sorprendente; pero, para no ser malentendido por sus lectores y para que no piensen que su caso es único o excepcional, Pablo advierte que hay una corona para cada uno de cuantos viven en esperanza y salen al encuentro del Señor que ha de venir. Da la gloria a quien la merece, al Señor (cfr. Rom 9,5; Gal 1,5; Fil 4,20), pues el triunfo de Pablo es el triunfo del Señor, cuya fuerza se ha manifestado en medio de la debilidad y los apuros de quien le ha servido.

No hay que avergonzarse de ir a parar a la cárcel; el anuncio del evangelio lleva consigo dolor y sufrimiento. El que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido. Urge a Timoteo a que se entregue generosamente al cumplimiento del deber que le impone la vocación recibida. Pablo ha vivido en su carne lo que había recomendado a los demás: hay que tener los sentimientos de Cristo.

 

 

Día del Papa:

 

         La Iglesia celebra este domingo el Día del Papa al coincidir con la festividad de San Pedro y San Pablo. Todos los católicos del mundo nos unimos a esta celebración, porque el Romano Pontífice es, dice el Concilio Vaticano II, “el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de los fieles” (LG 23).

Jesús edificó sobre la Roca de Pedro la Iglesia con todos los obispos de Roma y por eso vemos en el Santo Padre la imagen más cercana, más segura y más querida de Cristo, Buen Pastor. Roguemos por las intenciones de Su Santidad y pidamos por él.

 

 

EL EVANGELIO según San Mateo, expone hoy la conversación de Jesús con sus discípulos, en que Pedro recibe la proclamación de su primado.

La escena tiene lugar en la región noreste de Galilea de los paganos, que es parcialmente una tierra extranjera; con ello, Mateo recalca la existencia de un Nuevo Pueblo de dimensiones universales y se desliga de la doctrina de fariseos y saduceos. Saliendo de Betsaida y remontando el valle del Jordán, el Maestro se retira con los “doce” a la región de Cesárea de Felipe, al pie del monte Hermón; quiere disponer de tiempo y de un lugar tranquilo, para iniciar a sus discípulos en el misterio de sí mismo.

El texto está estructurado conjuntamente por Jesús y sus discípulos. El Maestro comienza preguntando qué han oído de Él y de su misión. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivoâ€, dice Simón; quiere conocer qué han comprendido sus discípulos y qué piensan de Él. El discípulo que el evangelista va pergeñando muestra su condición en la respuesta a la pregunta sobre Jesús. La superioridad de Pedro no estriba en la respuesta en sí, que, también, la dan los demás discípulos, cuando Jesús camina sobre las aguas: “Verdaderamente, Tú eres el hijo de Dios†(Mt 14,22-33), reside más bien en la garantía de solidez que le confiere respecto a los demás. Mateo distingue al discípulo de la gente en el reconocimiento de Jesús, como también lo hace en el capítulo de las parábolas.

Nadie puede penetrar en el misterio de la persona de Jesús, sin la revelación del Padre. El interrogante que Jesús hace sigue latente para todos los hombres de todos los tiempos; es una pregunta atemporal y siempre actual; la respuesta dará la medida del discípulo. Pedro personifica la confesión cristiana de la fe, pero, “no procede de la carne ni de la sangre”, no proviene de la lógica y de la razón humana, únicamente de la revelación del Padre, con el que tiene esa unión esencial: “Mi Padre y Yo somos uno”. El hombre es radicalmente incapaz de acceder al dominio misterioso de Dios. El que Mateo añada a la respuesta, las palabras “Hijo de Dios vivo”, es probable que sea aquí una anticipación de lo que sólo será un hecho después de la resurrección: la fe en la divinidad de Jesús y el reconocimiento de que es el Señor. El conocimiento que Pedro tenía de Jesús no superaría con mucho la opinión de la gente; las palabras de Jesús y la promesa del primado deben situarse igualmente en un momento posterior a la Resurrección. En general, Mateo se interesa más por una ordenación temática que cronológica.

El reconocimiento de Simón adquiere la condición de fundamento o cimiento sólido, y a ello, debe su sobrenombre de Pedro. Se percibe el juego de palabras del texto griego y también del castellano: Pedro-piedra. Sobre este cimiento, consistente en el reconocimiento de la identidad divina de Jesús, se levanta el pueblo creyente; en su sólido cimiento, el edificio ofrece total seguridad, expresada en la imagen de la frase “el poder del infierno no prevalecerá contra ella”; las “puertas del infierno” son, para los judíos, el poder de la muerte, que retiene sin vida a los difuntos, el poder de la destrucción. Jesús asegura que su iglesia resistirá toda la fuerza de la destrucción y de la muerte. Es inexpugnable a la destrucción y a la muerte, imagen de consistencia, que Jesús ha expresado también en Mt 7, 25: “Vinieron las lluvias, se desbordaron los ríos y los vientos soplaron violentamente contra la casa; pero no cayó, porque…”. La Iglesia en su perenne estabilidad es una casa construida sobre roca, aunque se apoya en la fragilidad de los hombres. El destino de la Iglesia es, como el de Cristo, un camino en la contradicción; y no solamente por los enemigos externos, sino por los de dentro de la Iglesia; siempre habrá pecadores; por eso, tiene que “atar y desatar”; hay pecado y debe haber perdón.

En la perícopa laten dos aspectos aparentemente en contraste: la fe de Pedro y su incomprensión del misterio de Jesús, la autoridad que le confía y el reproche que le hace Jesús. Es una cuestión de fondo, hasta el punto de que esa forma de contraste entre debilidad y gracia está presente también en otros textos: (“He rogado por ti para que no desfallezca tu fe… No cantará el gallo… Agonía de Getsemaní… En el patio, a la lumbre, las negaciones de Pedro†Lc 22. Y “Tú sabes que te amo. Cuando seas viejo otro te ceñirá: profetiza la muerte con que glorificará a Diosâ€, Jn 21). Evidencian el mismo contraste, por una parte, la debilidad de Pedro; por otra, su carácter de punto de referencia. Los evangelistas subrayan intencionadamente este contraste para acentuar que por gracia, en virtud de una elección divina y no por dones naturales, es Pedro la roca sobre la cual funda Cristo la Iglesia.

San Mateo que muestra gran atención a Pedro, define su función con tres metáforas: la piedra, las llaves, atar y desatar. La primera, evoca el texto: “El prudente construye sobre roca†(Mt 7,24-27); Pedro es la roca que mantiene firme la Iglesia, el cimiento que constituye su unidad. La segunda, es clara, dar las llaves significa confiar un poder y autoridad verdadera y plena. La tercera, atar y desatar, tiene el sentido de permitir y prohibir, de perdonar y rechazar. En definitiva, se le atribuyen a Pedro títulos y prerrogativas que, en la Biblia pertenecen al Mesías. Es, pues, concederle poder y autoridad vicarios; es imagen de Cristo, que es el verdadero Señor de la Iglesia, por lo que es un poder pleno e indiscutible. En San Mateo, el interés central es Cristo, y, de ahí, también la Iglesia. Las palabras que Jesús dirige a Pedro se insertan en el motivo cristológico y en el motivo eclesial.

Mateo presenta en perspectiva una nueva realidad religiosa, que recibe en este texto el nombre de Iglesia de Jesús. Es la primera vez que el término Iglesia aparece en el evangelio con el significado de asamblea, congregación. El Nuevo Pueblo de Dios, al margen del viejo, se entronca en la fe y encuentro con Jesucristo y tiene en Pedro su roca y su fuerza, refrendado por el mismo Dios. El evangelista dibuja un Pedro incuestionable e imprescindible.

  

 

                                               Camilo Valverde Mudarra

 

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No temas, ten fe

Domingo XIII T. Ordinario. Ciclo B
Sb 1,13-15; 2,23-25; Sal 29,2-6.11-13; 2Co 8,7-9.13-15; Mc 5,21-43

En aquel tiempo Jesús regresó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: Mi hija se está muriendo; ven, imponle las manos, para que viva. Jesús fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años… El le dijo: Mujer, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro? Jesús lo oyó y le dijo al jefe de la sinagoga: No temas; basta que creas, ten fe. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga…  y la cogió de la mano y le dijo: Talitha kumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate). La niña se puso de pie y echó a andar -tenía doce años-.

 

 

LA PRIMERA LECTURA, perteneciente al libro de la Sabiduría del siglo I a. C., trata la dicotomía cuerpo-alma.

El libro de la Sabiduría intenta presentar el mensaje bíblico con ropaje griego y se esfuerza en elaborar una especie de teología de la historia; el autor se dirige a judíos de la diáspora, quizás en Alejandría, que, al hallarse ya helenizados, se burlaban de la fe de sus mayores (a los que llama en el libro “impíos”). La lectura de hoy es una reflexión sobre el texto del Génesis, en el que se presenta la inmortalidad como un bien del que el hombre ha sido privado por haber desobedecido y caído en el pecado, trata el problema de la muerte en relación con la resurrección de los muertos de que se habla en el Evangelio y que muestra el poder de Jesucristo.

El texto respira optimismo fundado en la bondad y poder de Dios ante la creación y el hombre. Esta actitud puede ser una respuesta a los que preguntan si puede el hombre llegar a ser feliz, cuando sabe que su vida es un caminar hacia la muerte; el autor del libro de la Sabiduría responde que Dios no es responsable de esta situación; es el hombre quien con su pecado ha roto la armonía del mundo; Dios quiere que el hombre viva y sea feliz. El hombre puede superar el miedo a la muerte amando la justicia, en ella encontrará la bondad de las cosas que hay que hacer para llegar hasta Dios.

En el origen, la muerte tiene dos dimensiones: la muerte física, como patrimonio de todo hombre (7,1), y la muerte escatológica, definitiva, propia de los impíos. En el primer sentido, Gn 1-3 presenta a Dios como creador de vida; en cuanto el crear es acción positiva, fundadora, podemos decir que Dios sólo crea ser y vida; el fin de un ser o vida individual no es acción creativa de Dios; aquí no se habla de una vida y una muerte física, sino de una vida temporal, que a través de la muerte del cuerpo se transforma en vida eterna.

La idea fundamental es que la vida es incorruptible, de acuerdo con los designios de Dios, posee un dinamismo interno que la incita a renovarse y superarse constantemente; sin embargo, la vida muere, no llega a conseguir la finalidad para la que fue creada; para el autor, esta muerte de la vida es accidental, porque no es una ley de la vida, sino algo que interviene en ella desde fuera, por el pecado del hombre. El autor considera la muerte física como una consecuencia de la muerte moral o pecado; por eso, pasa insensiblemente su pensamiento de la una a la otra. Ninguna de las dos muertes existían en el principio; el universo creado por Dios era armonioso. Esa asociación entre pecado y muerte, entre muerte espiritual y muerte física, es clásica en la mentalidad judía. La vida no se reduce a lo observable; al contrario, es una fuerza y una reserva de dinamismo capaz de ir siempre más allá de sí misma, de superarse constantemente. Pero el hombre tiene miedo a la vida, teme sus llamadas al riesgo y a la superación, por sus límites egoístas. La vida muere, el pecado, al esterilizar su impulso, la ha estrangulado; si viene un hombre, que viva su vida según sus aspiraciones de absoluto y de participación, ese hombre será incorruptible; pero ese hombre ha de ser Dios, para poder realizar este proyecto: sólo es Jesucristo, el Señor.

En la segunda lectura de la carta a los Corintios (2 Co 8,7-15), San Pablo les pide, que sean generosos en la colecta por la Iglesia de Jerusalén, que se halla en situación de estrechez.

Según algunos exegetas, este texto es un escrito aparte, incorporado a esta carta. San Pablo une su exhortación a las raíces más profundas de la vida cristiana, al poner a Jesucristo, en un esquema parecido al del himno de Fil 2,5-11, modelo de toda la encarnación-redención en entrega y generosidad.

En el concilio de Jerusalén, San Pablo se había comprometido a realizar una colecta en beneficio de las comunidades cristianas palestinenses que estaban pasando dificultades (Gal 2,10; Rom 15,25-31). Al haber decaído el entusiasmo en Corinto, Pablo escribe para estimularlos a una mayor participación, pues ellos han recibido, por el ministerio de Pablo, la verdadera riqueza de Cristo (Ef 3,8), el ejemplo del amor de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre, para que todos nos enriqueciéramos con su pobreza. El amor cristiano nivela las diferencias y busca la igualdad como expresión de la común fraternidad en el Señor. El discípulo de Cristo es solidario de sus hermanos y así, comparte la riqueza con los demás en signo auténtico de su cristianismo. Ya en el A. T. se dieron normas para evitar las excesivas diferencias económicas (Dt 15; Lv 25,13-17) y se enseñó el principio de la igualdad y del reparto equitativo conforme a las necesidades (Ex 16,16-21), que las comunidades cristianas primitivas trataron de poner en práctica (Hech 2,45-46; 4,32,34-35).

La colecta de Pablo se comprende mejor si pensamos en las tensiones entre los cristianos judaizantes y los nuevos, los procedentes de la gentilidad; Pablo lleva una misión ecuménica, quiere que reine, fuera de toda polémica, el amor entre los cristianos; los incita al ideal de la igualdad entre los cristianos, a compartir y repartir con los hermanos la abundancia y la carencia, como hizo Dios con el maná (Ex 16,18), que aseguraba la igualdad dentro de su pueblo.

En una época en que las instituciones internacionales y profanas pueden hacer más cosas y mejores que las instituciones caritativas de la Iglesia y en la que estas últimas pierden el monopolio que han ejercido durante mucho tiempo, es importante profundizar el sentido cristiano de la limosna, gesto por el que el cristiano prosigue sin cesar la obra redentora de su Señor y con ocasión del cual la humanidad eleva sin cesar hasta Dios la acción de gracias por los dones recibidos.

La carta es muy actual. Puede hacer que aumente el tono de nuestra generosidad material. Significa la apertura total al otro, tanto espiritual como material, que constituye la verdadera pobreza, la cual no se limita a la donación de bienes materiales, sino que supone además la apertura espiritual a los demás, para hacerles compartir lo que hemos recibido. Este pasaje nos anima, pues, a revisar lo que significa para nosotros esa “igualdad” de que habla San Pablo y que la civilización contemporánea restringe con demasiada exclusividad a las condiciones sociales y materiales. El cristiano puede colaborar en el esfuerzo de solidaridad, y sabe que, por el bautismo, ha entrado en una vida nueva que supone unos juicios de valor que no son los del mundo presente.

 

El EVANGELIO según San Marcos, en el hilo narrativo de un Reino de Dios abierto a todos, configura el episodio de la hemorroisa y la ida a la casa de Jairo, un encargado del orden en la sinagoga, cuya hija está moribunda.

Los milagros están siempre ligados a la fe, pero no es la fe del hombre lo que cura, sino el poder de Dios; la fe es la condición, para que Dios obre milagros, porque tener confianza significa confesar nuestra impotencia y proclamar el poder de Dios; es la palabra de Cristo la que salva. Fe es contar únicamente con Dios. Jesús hace resaltar que la mujer se ha curado por su fe. La fe, que puede revestir distintas formas, siempre es la condición y el fundamento de la acción salvadora de Dios; siempre está en camino y en proceso de evolución “partiendo de fe hasta consumarse en fe” (Rm 1,17); es decir, desde la fe existente y arraigada hasta la fe conocida más profundamente y vivida de forma más radical.

En medio del gentío, aparece la mujer de los flujos de sangre, una enfermedad que deja impuro al que la padece y al que se pone en contacto con ella, la mujer se acerca a Jesús y lo toca, convencida de que Jesús la salvará; es la fe y la confianza de la mujer las que han conseguido la curación. En aquella situación multitudinaria, resuena firme la pregunta de Jesús. “¿Quién me ha tocado el manto?” Con esta pregunta Marcos parece indicar que el ámbito de la fe en Jesús no es de anonimato, sino de intercomunicación personal. La mujer, se ve impelida a presentarse y, viniendo con temor y temblor, se prosterna ante Jesús. Esto pone de manifiesto la reacción humana a la manifestación o epifanía divina y que la mujer no había actuado por magia, sino por fe, había creído en Jesús, había visto al enviado de Dios. Es lo que Marcos resalta con este relato y el de Jairo. Ella sabía muy bien que, según la Ley (Lev 15, 25-27), debía evitar todo contacto con las personas, pues era una mujer “impura”. Sin embargo, no perderá la ocasión de acercarse sigilosamente a Jesús y de tocar la orla de su manto. Es su última esperanza, pues ha gastado ya toda su hacienda en los médicos sin alcanzar remedio. Ahora espera curarse con solo tocar el manto de Jesús.

A continuación, viene la escena de Jairo que cobra tintes de solemnidad, al ir con sólo los tres discípulos más significativos que participan de los grandes momentos, Transfiguración, Getsemaní y Sepulcro. Aunque la niña ha muerto, Jesús, transmitiendo seguridad y dominio con gran sencillez, llega a la casa con Jairo, que mantiene su fe-confianza, cree que Jesús puede obrar la resurrección de su hija. Manda cesar el ruido desenfrenado e invita a la multitud a salir, y dice que “la niña sólo está durmiendo”, para el poder de Dios esta muerte no significa más que un sueño, como el de su amigo Lázaro: “Está dormido, pero voy a despertarlo” (Jn 11,11). Todo el acto se convierte en afirmación de la fuerza salvadora de Jesús que libera al hombre sin ninguna barrera y llama a la confianza en esta liberación. La muerte para Dios no es un poder insuperable, no hay gran separación entre la muerte y la vida. Eso la gente no lo entiende, y se burlan neciamente de él. Las cosas son muy distintas ante la mirada de Dios; se debe acomodar la visión y ver con la mirada de Dios, para formarse el verdadero concepto de las cosas y entonces la muerte pierde su carácter horripilante. 

San Marcos invita a situarse en la realidad del Jesús ausente, muerto-resucitado. Creer en Jesús es andar con él un camino que termina en la vida, pero que antes pasa por la muerte. La resurrección de la niña acontece por el poder de la palabra de Jesús que Marcos ha conservado en original arameo. Jesús se manifiesta como señor de la vida y de la muerte. Todos los milagros que se refieren a resurrecciones no son más que la proclamación de que en Jesús y por Jesús la vida triunfa sobre la muerte.

Con frecuencia, vemos que Jesús impone silencio a los testigos de sus milagros, tanto que se ha hablado de la “ley del silencio”. Si Jesús establece esa ley es para evitar que sus paisanos confundan el sentido de su mesianismo y caigan en falsos triunfalismos.

A todos los hombres que han perdido la dignidad, la salud y la vida hay que ofrecerles el Evangelio de Jesucristo, que puede liberarlos de sus pobrezas y hacerlos partícipes de los signos que puede hacer Jesús. Pero, para que Jesús los salve, hace falta la verdadera fe; una fe confiada, en que Jesús porta la salvación integral del hombre, y más aún, que puede hacerlo vencedor de la muerte, porque Jesús la ha vencido con su muerte y resurrección; pues, como dice el libro de la Sabiduría, Dios no nos ha creado para la muerte, sino, por el contrario, para la inmortalidad, porque nos hizo a imagen y semejanza de su propio ser.

 

 

Camilo Valverde Mudarra

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Se va a llamar Juan

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Miércoles 24 de Junio. Ciclo B
Is 49,1-6; Sal 138,1-3.13-15; Hech 13,22-26; Lc 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: ¡No! Se va a llamar Juan. Le replicaron: Ninguno de tus parientes se llama así.Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Todos se quedaron extrañados.

Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: ¿Qué va a ser este niño? La mano de Dios estaba con él. El niño iba creciendo y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

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¿No te importa que nos hundamos?

Domingo XII T. Ordinario. Ciclo B
Jb 38,1.8-11; Sal 106,23-31; 2Co 5,14-17; Mc 4,35-41

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla del lago».  Entonces, los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas.

De pronto, se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado en un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿No te importa que nos hundamos?”  El se levantó, reprendió al viento y dijo al mar “¡Cállate, cálmate!”. Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué teméis? ¿No tenéis fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”.

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Le traspasó el costado y salió sangre y agua

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Viernes de Junio. Ciclo B
Os 11,1.3.4-8-9; Is 12, 2-6; Ef 3,8-19; Jn 19,31-37

En aquel tiempo los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron».

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Tomad esto es mi cuerpo

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Domingo Corpus Christi. Ciclo B
Ex 24,3-8; Sal 115,12-18; Heb 9,11-15; Mc 14,12-16.22-26

El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: ¿Dónde quieres que preparemos la cena de Pascua? El les dijo: Id a la ciudad, seguid al hombre que lleva un cántaro de agua, y en la casa en que entre decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos? Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, y se la dio diciendo: Bebed, esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Domingo Stma. Trinidad. Ciclo B
Dt 4,32-34.39-40; Sal 32,4-9.18-22; Rom 8,14-17; Mt 28,16-20

En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

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Recibid el Espíritu Santo

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Domingo Pentecostés. Ciclo B
Hch 2,1-11; Sal 103,1-2.24.34; 1Co 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23

 

 

“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estando los discípulos con las puertas cerradas, por miedo a los judíos, entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Ellos se llenaron de alegría, al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo».

Después, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20,19-23).

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Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios

  Solemnidad de la Ascensión del Señor . Ciclo B
Hch 1, 1-11; Sal 46, 2.3-6-9; Ef 1, 17-23; Mc 16, 15-20

 

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda la humanidad. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean, les acompañarán estos signos: Echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y si beben un veneno mortal, no les dañará, impondrán las manos a los enfermos y sanarán.

El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que la acompañaban.

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Amaos unos a otros, como yo os he amado

Domingo VI T. Pascual. Ciclo B
Hch 10,25-26.34-35.44-48; Sal 97,1-4; 1 Jn 4,7-10; Jn 15,9-17

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto, para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos y vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os eligió; y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.

 

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