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    V Domingo. T. Ordinario. Ciclo C

    Is 6,1-8; Sal 137; 1Cor 15, 1-11; Lc 5,1-11

     

     

    En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios; estando él a orillas del lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban junto a la orilla, cuyos pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

    Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: Maestro nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

    Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

     

     

              La primera lectura del Profeta Isaías, un excelente poeta, narra su experiencia religiosa del primer encuentro con el Señor; el relato de la visión de la gloria de Yahvé es impresionante. Así, responde a su vocación: Aquí estoy, mándame. Quien se encuentra con Dios experimenta una transformación que le hace ser más consciente de su responsabilidad.

              En la teofanía, Dios aparece como un rey sentado sobre el trono, rodeado de misteriosas figuras áulicas que destacan la impenetrabilidad de la esfera divina y su diferencia de la humana. Están bellamente armonizados los componentes del binomio «santidad» (trascendencia) y «esplendor» (inmanencia), que definen al Dios de Israel como un Dios Salvador. Toda profecía auténtica nace de una experiencia particular de lo divino.

              La manifestación del que es santo, del que se eleva por encima de la mediocridad humana, descubre la pequeñez y el pecado del hombre. No es miedo lo que invade al profeta, sino el sentimiento radical del pecador ante la santidad transparente de Dios, que le hace incapaz de mantenerse en su presencia. El profeta se siente abrumado ante el enorme contraste entre su insignificancia y pequeñez y la dignidad y grandeza de la misión que se le confía: Anunciar con sus propios labios la palabra de Dios. Y es que resulta carga excesiva el que la palabra humana sea vehículo de la palabra de Dios; la revelación de Dios lo purifica y lo llena, para confiarle una misión: “Vete y di a ese pueblo…”. El profeta, con disponibilidad total, salvará la distancia entre el Dios Santo y su pueblo y le imprimirá la pureza de sus labios y hará que la palabra de Dios llegue sin adulteraciones al pueblo que ha de escucharla.

              El profeta se serena y cobra ánimos cuando sabe que es Dios mismo quien le purifica y capacita para la misión. También en el caso de Jeremías, el profeta se crece y supera su dificultad para hablar, cuando sabe que es Dios quien habla y le envía. Jesús tranquilizará a sus discípulos con la promesa de su presencia: él será quien les diga lo que tienen que decir. Sólo es posible cargar con la responsabilidad de la misión profética, cuando el hombre está totalmente a disposición del Señor.

    Con la misma disposición que María se someterá a los designios de Dios, ahora el profeta acepta voluntariamente la misión que se le encomienda: “Aquí estoy, mándame”.Isaías se muestra pronto a la llamada, como los grandes profetas Jeremías y Moisés, fueron, heraldos de la palabra profética.

              Los odios, injusticias, desmanes, afán de poder bélico…, han convertido este planeta en un lugar inhóspito y frío de rumbos peligrosos. El profeta viene a nuestro encuentro; la palabra profética será siempre arma de doble filo: salvación para el que crea y piedra de precipicio para el que endurezca su corazón.
              Dios no se encierra ni se deja encerrar en ninguna realidad. Dios mira continuamente hacia una sociedad siempre nueva; es la única fuerza que puede dar al hombre alienado, el verdadero sentido de su vida. La palabra de Dios captada en el seno de la historia tiene carácter decisorio. Jesús de Nazaret es la gran confirmación de ello.

     

                                                                    

                      El Salmo responsorial (137) repite: Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

     

              La segunda lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (1Co 15,1-11) dice: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.“Por la gracia de Dios soy lo que soy” y esto por amor, por el amor que Dios nos tiene y por el amor que nosotros debemos tenerle.

                      Corinto era célebre en su época, entre otras cosas, por la corrupción moral que en ella se había desarrollado; tenía un templo dedicado a la diosa Afrodita, en el que más de mil muchachas se dedicaban a la prostitución cultual. En el terreno religioso, la ciudad se caracterizaba por un gran sincretismo y en el social, por un marcado contraste entre situaciones de riqueza desmedida y miseria absoluta. Pablo era conocedor del ambiente que se vivía en Corinto; esta comunidad ocasionó a Pablo muchos problemas y, por ello mantuvo una relación intensa y rica con ella.

              Después de abordar cuestiones prácticas sobre convivencia comunitaria y asuntos morales para la vida cristiana, Pablo vuelve a lo que es principio y fundamento de la fe con todas sus exigencias; saliendo al paso de la tendencia relativizadora de todo, insiste en lo que está por encima de todo partidismo e ideología: La buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús. Porque éste es el acontecimiento único que hace feliz a la humanidad: Un hombre, Jesucristo, ha resucitado y nos resucitará a nosotros. Este es el corazón del mensaje paulino y cristiano; la ocasión de exponerlo reside en que, en Corinto, existía un grupo que negaba la resurrección de los cristianos, no era por puro materialismo, sino por creerse ya resucitados por el bautismo. San Pablo les hace ver que es imposible confesar y creer en la Resurrección del Señor y no creer también en la propia. En apoyo argumental, da la primera lista, cronológicamente hablando, de los testigos de la Resurrección; testigos oficiales por así decir que proclaman cómo el Crucificado vive actualmente y ellos mismos lo han experimentado.

              No quiere terminar su carta sin recordarles el Evangelio que les predicó y que ellos aceptaron, el Evangelio que es lo único que puede salvarlos, si es que no lo han olvidado y lo han hecho vida en su alma. Y se menciona a sí mismo en un testimonio directo de su propia experiencia con el Señor Jesús glorioso y resucitado. Hace algunas observaciones interesantes de sí mismo, en las que reconoce la gracia recibida y su propia respuesta a esa gracia.

              Lo principal es el testimonio de la Resurrección de Cristo. Nos recuerda el anuncio inicial que es el punto más importante. Tenemos en estos versículos el texto más antiguo que habla de ese suceso central para nuestra fe. Pablo apunta su conclusión: si Cristo ha resucitado, también nosotros. Aunque Pablo no pertenece ya a la generación de los Doce, se considera apóstol por excepción. Pues ha tenido también su “experiencia” del Señor resucitado. Por eso Pablo no predica el Evangelio sólo desde su experiencia, sino ateniéndose también al testimonio de los mayores, de las columnas de la iglesia, transmitiendo lo que ha recibido con fidelidad. El Evangelio no es propiamente una doctrina, sino el anuncio de un hecho de salvación. Su contenido es, ante todo, el mensaje apostólico de la resurrección del Señor. Su forma es la tradición viva. Pablo se presenta como testigo de esa tradición que viene de los Apóstoles, de los que vieron y oyeron. El transmite lo que ha recibido. Cuando él comienza a predicar, la tradición ya está en marcha. El empalma con ella en Antioquía, de esta iglesia recibe la tradición; por eso es una tradición viva y vivificante.

     

     

                El Santo Evangelio según San Lucas Narra, con exquisito arte descriptivo, la pesca milagrosa (5,1-11). Comienza con la gente agolpándose alrededor de Jesús y con los pescadores de dos barcas atracadas a la orilla del lago Genesaret o Tiberiades.

              El texto no es un relato de vocación, sino una instrucción sobre las características del discípulo, que, en Lucas, es sinónimo de cristiano, indica cómo tiene que ser el discípulo. Lucas distingue entre gente que va a oírlo y discípulo. Es característica del discípulo el fiarse de Jesús aun cuando las evidencias empíricas estén en contra. Un pescador profesional sabe que la petición de Jesús no es lógica, porque va contra la evidencia de la experiencia; Lucas recalca intencionadamente esto para que resalte más el elemento central: “…pero, por tu palabra las echaré”. Esta característica ya la señala en la visita de María a su prima (Lc. 1,39-45), redactada bajo la óptica de la fe, del fiarse de la Palabra de Dios: ¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumple.

              Fiarse de Jesús es descubrir a alguien excepcional y superior a uno; el descubrimiento de Jesús lleva al discípulo a someter a renovar la propia vida y entregarla a Jesús. Fiarse de Jesús genera una nueva situación libre de miedos y falsos temores, abierta a los demás. La Palabra de Jesucristo conlleva maravillosas consecuencias inéditas, y, a su vez, vida renovada, pues el que se ha fiado de la Palabra de Jesús entra en una dinámica nueva. Pedro acoge, la acepta con confianza, hace suya esa Palabra. Se fía de ella y los dos versículos siguientes, 6-7, reflejan el resultado de la acogida de la Palabra de Jesús, un resultado imprevisible, impensable; y la reacción humana es de asombro, pasmo, temor por la propia insignificancia e infidelidad; la Palabra de Jesús disipa temores e introduce al que se ha fiado de ella en una novedad de vida. Esta es la característica por antonomasia que debe tener el discípulo, el cristiano. 

              Fiarse de esa Palabra hace posible que acontezca lo impensable o, lo que es lo mismo, la utopía, la cual jamás será posible desde la lógica del pragmatismo. Fiarse de la Palabra de Jesús limpia de jactancias más o menos inconfesadas y para los demás es una referencia de ilusión y de esperanza.

              Dejándolo todo lo siguieron. Quien no ama, no es discípulo de Jesucristo. El cristiano se distingue por el amor; el amor que impele a seguir, sin dilación ni titubeos, la vocación (de vocare), a acoger con voluntad y decisión, como hacen los apóstoles, la llamada de Jesús: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Ellos, al instante, dejando las redes lo siguieron” (Mt 4,19; Mc 1,18). También, al joven rico le ofrece su vocación: “Ve y véndelo todo y sígueme”, pero él, entristecido, se retiró; el dios “dinero” le atrapaba el corazón; perdió su oportunidad, desechó su vocación. Son las dos facetas de la respuesta a Cristo.

              La perícopa de San Lucas (5,1) se extiende más y narra todo un proceso personal, que siempre se produce en el alma, en las profundidades de la intrahistoria unamuniana, con unas características propias y comunes a cada historia vocacional: “Deja de temer”. Es el temor reverencial, amoroso de la entrega total: “Ellos dejándolo todo, lo siguieron”. En todo itinerario de vocación, Jesús se hace presente en la vida diaria: “Vio dos barcas y subió a la de Simón”; como sube a la de cada uno de nosotros, para llamar amorosamente, “que a mis puertas cubierto de rocío, pasas las noches de invierno obscuras”, que dice en su famoso soneto, Lope de Vega.

              Jesús ya había conocido a Simón y a su familia, un  poco antes de la pesca milagrosa; estuvo en su casa, conversó con ellos y curó a su suegra. Simón-Pedro va descubriendo la figura del Maestro, ha presenciado sus milagros y curaciones y oído su predicación. Ha sentido la fuerza atractiva e íntima que surge e impregna aquel hombre. Todo acto vocacional entraña la llamada y la respuesta, el encuentro y la indagación: Dios, que viene y llama y el hombre, que analiza, experimenta y se aviene y entrega. Con el conocimiento de Cristo se descubre que hay algo más importante que la vida y es, el sentido de la misma. Jesús, al entrar en la barca de Pedro, está entrando en su vida y, cuando Jesús, volcando toda su presencia, le interpela que salga y eche las redes, está tocando la médula que le afecta vitalmente, entra en su trabajo de pescador, lo que da sentido a su vida.

              La pesca milagrosa dispone al seguimiento, es un signo para los discípulos; es el símbolo de la misión que les va a encomendar. Jesús llama y pide la entrega total del ser, la orientación personal, una opción de vida por Jesucristo y su doctrina. Pedro renacido por el Espíritu, hombre nuevo recibe su plan de vida: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. El encuentro con Jesús renueva, recrea, enamora, seduce, fortalece la debilidad y la flaqueza, y embarga el alma de un amor ardiente que impulsa a dejarlo todo y seguir al Maestro de Nazaret.

              La vocación se acepta y se abraza no por las propias fuerzas, sino, como dice San Pablo: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy y la gracia no ha sido estéril en mí” (1Cor 15,10), por y con la ayuda del Señor se sigue y no en vano. La respuesta ha de ser la de los Apóstoles y la de Isaías: “Heme aquí, mándame. Y me dijo: Vete y dile a este pueblo” (Is 5,9).

     

                                                                                   Camilo Valverde Mudarra

     


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    Tú eres mi Hijo, muy Amado

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    Solemnidad del Bautismo del Señor. Ciclo C

    Is 42,1-7; Sal 28,1-4.9-10; Hch 10,34-38; Mc 1,7-11

     

     

    «En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene el que puede más que yo, del que yo no soy digno ni de agacharme para desatarle las sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

    Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Cuando salía del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar sobre Él, como una paloma; y se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, muy Amado, en ti me complazco».

     

     

              Esta fiesta del Bautismo, en plena órbita de la Navidad-Epifania, subraya ante todo la manifestación de Jesucristo. Destaca el inicio de su misión profética, que después continuará en la Iglesia de sus discípulos. Es preciso indicar también la importancia que la primera comunidad cristiana daba al hecho del bautismo de Jesús, como inicio de la realización eficaz de su función salvífica.

              El bautismo de Jesús expresa una toma de conciencia del hombre Jesús del designio que el Padre le encomienda. Así, el bautismo realizado en la Iglesia afirma y reconoce el don del amor de Dios que continuo cae sobre el hombre. Inicia un camino que empieza por la iniciativa de Dios; así, la actuación del hombre debe dar respuesta coherente a ese amor de Dios.

              El relato del bautismo en los evangelios no es una descripción de lo que acaeció, sino una versión teológica, dirigida a los creyentes. La fiesta del Bautismo del Señor es una festividad que cierra el ciclo de Navidad e inaugura a la vez la primera semana del tiempo ordinario. Presenta a Jesús en su ministerio público. La escena epifánica, certifica su divinidad, es la manifestación absoluta, en plenitud, del ser divino de Cristo. La escena presenta un gran contenido teológico y trinitario: el Padre revela que Jesús es su Hijo y lo unge con el don del Espíritu. Jesús ya puede llevar a cabo la labor encomendada por el Padre en medio de los hombres; emprender su camino ministerial de proclamación de la Buena Nueva, que le llevará a la cruz y resurrección. Es el Espíritu Santo el que, desde el Bautismo, le irá conduciendo cual nuevo Isaac (Gen 22,1-2), desde el Jordán camina hacia el sacrificio de su vida y la glorificación.

              Es una fiesta nueva, que aún no tiene tradición y pasa desapercibida por el pueblo. Para la gente, las fiestas de Navidad han concluido. Pero litúrgicamente se prolongan hoy y el domingo próximo. El Evangelio da el tono, porque incluye el hecho del bautismo, que es, según los estudiosos, uno de los datos históricos más seguros de la vida de Jesús. Los evangelistas están interesados en subrayar que, aun siendo bautizado, Jesús es superior a Juan: éste es el sentido de la contraposición verbal, que Marcos hace, al hablar de bautizar sólo con agua y bautizar en el Espíritu Santo y fuego.

     

              Lectura del Profeta Isaías: «Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles… ».

                La Liturgia trae aquí el primer Cántico del “Siervo de Yahveh”. Su ambientación histórica son los años siguientes al destierro. Sin embargo, para comprender mejor cómo el profeta veía este personaje, que la historia y la revelación posterior han identificado con Jesús de Nazaret, es imprescindible leer conjuntamente los cuatro cánticos: cf 49,1-6; 50,4-9ª; 52,13-53,12. Son un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión, se presenta la figura del discípulo sufriente, que fue elegido para enseñar “el derecho” a las naciones, la religión legítima, y, fortalecido, aguanta las penas, cumple su misión y, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios. La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta exegéticamente imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Frecuentemente se llama “siervo” a personas físicas, a Abraham, a Moisés, a David…, llamados en la Biblia “siervos de Yahveh”, y también, al pueblo de Israel.

              Dios elige al Siervo y lo presenta a Israel y a las naciones. Lo elige soberanamente, porque quiere, porque se complace en él. La misión del siervo de Yahveh es traer la justicia y llevar el derecho a las naciones; será la fortaleza de todos los oprimidos. El Siervo actuará en silencio, sin el ruido y la pompa de los conquistadores de este mundo. El siervo proclamará la misericordia de Dios a todos los pueblos y realizará su misión con firmeza, fidelidad y verdad. No se apagará ni quebrará, hasta que haya cumplido su encargo. El siervo es mediador carismático, y posee además prerrogativas reales. Su misión es hermosa, pero muy dura; machaconamente, el Tritoisaías repite este idea: traer, promover, implantar la justicia; sufrirá, pero no vacilará ni se quebrará. La postura del siervo es firme, inquebrantable en el cumplimiento de su deber.

              Hoy, en este mundo de vacío y farándula, abundan los “voceros” que pregonan, sin contención, sus puntos de vista políticos o religiosos. Luchan, sin desmayo, para apoderarse de los medios de comunicación y poder incidir en un mayor número de adeptos, discípulos, electores… Son dueños de púlpitos y tribunas desde las que hablan “ex átedra”. No admiten vacilación alguna de opción en los demás; gritan, vocean, insultan y hasta anatematizan. Ofrecen servicio público y esfuerzo por el bien común, y, conseguido su objetivo y su prebenda, se comprueba que sólo buscaban el provecho propio y el bien personal. Existen también otros que hablan de liberación, de redención… de ortodoxia o heterodoxia de una determinada doctrina, pero no se implican, no entregan su vida, no les impulsa el compromiso firme, no llevan la verdad, su única verdad es la idolatría del poder y el dinero. No sanan, no liberan a nadie, tienen y reparten esclavitud y densas tinieblas. Los evangelistas, Mc 1,11 y Mt 3,13-17, en sus textos presentan a Jesús, quien es el verdadero liberador, que, sin voces ni alardes, pasó por este mundo haciendo el bien, sanando a los enfermos, acogiendo a los pobres y oprimidos, impartiendo la verdad. Fue incomprendido, pero nunca retrocedió.

              El siervo de Dios obra por voluntad de Dios; actúa por encargo del Señor, en su nombre, guiado por su Espíritu y, en definitiva, como Dios actúa y quiere. El siervo no pronuncia grandes discursos ni palabras altisonantes: “No grita, ni clama, ni vocea por las calles”. Su meta, la justicia; su lenguaje son los hechos, sufrir, darse e inmolarse por los demás. Es el personaje misterioso, el ungido de Yahveh, que encarna los rasgos más característicos del pueblo elegido. El Siervo comienza un Nuevo Mundo, una Nueva Creación, un nuevo orden a través de la Nueva Alianza realizada con su pueblo.  “Los ciegos” o paganos abrirán sus ojos a la revelación; “los presos” o israelitas serán liberados de las tinieblas en que viven desterrados. Y todo lo hará el que todo lo hizo con el soplo de su palabra, el creador de cielos y tierra.

     

     

              Lectura de los Hechos de los Apóstoles: «En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos…».

     

              Los Hechos, como los evangelios, tienen más de catequesis que de crónica. Este texto, reflejando el kerigma primitivo, es uno de los cinco discursos misioneros de Hechos. San Pedro, abierto a la novedad del Espíritu, afirma la universalidad del mensaje del Evangelio y la personalidad de Jesús, ungido por el Espíritu en el bautismo, que comienza su misión.

              Pedro proclama la universalidad de la salvación que realiza Dios en Cristo. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios. Confiesa lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones (Dt 10,17; Rm 2,11; Gal 2,6) y que el Evangelio no conoce fronteras de pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, que son cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Entendiéndolo así, asegura que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres (Mt 28,18-20; Jn 1,1ss; Fl 2,5-11).

              Después habla del Evangelio de Jesucristo. Su predicación sobre la actividad pública de Jesús a partir del Jordán y comenzando en Galilea recuerda el Evangelio según San Marcos, que recoge precisamente la tradición de San Pedro. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo.

              Jesús es el Cristo o Mesías. Sobre Él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora. Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador. Los cristianos de la naciente Iglesia, confiesan su fe en Cristo, el Señor, que vino a servir y no a ser servido, como el Siervo Doliente que se entrega por amor, por eso Jesús es el Señor. Con Jesús llegó el “fuerte” que despoja al enemigo. Las enfermedades que Jesús cura tienen una incidencia que va más allá del cuerpo. Jesús, con su obra, ha abierto el camino de la libertad, es el salvador, liberador. 

     

           El Evangelio según San Marcos, hoy, narra el Bautismo de Jesucristo. Jesús abandona Nazaret y su vida oculta para iniciar, a partir de su bautismo en el Jordán, la vida pública. La actividad de Jesús en el mundo, es sin duda, el punto más importante y decisivo en la historia de la salvación, es lo que propiamente interesa a sus testigos y a los creyentes. Los discípulos de Jesús darán testimonio de cuanto vieron y oyeron a partir del Bautismo, hasta la Ascensión. Y, a la hora de buscar un sustituto para Judas, tendrán muy en cuenta que se trate de un testigo ocular de la vida pública de Jesús (Hech 1,21-22). Marcos y Juan comienzan su texto con la predicación del Bautista y del bautismo de Jesús en el Jordán.

                  Jesús, libre de todo pecado, no tenía por qué bautizarse, pero lo hace, como cabeza de una humanidad pecadora con la que se ha hecho solidario (cfr. 2 Cor 5,21). Jesús es el “siervo de Yahveh” que quita el pecado del mundo y está dispuesto a padecer por todos los hombres (cfr. Is 53,10-12; Mt 20,28). Esta es la voluntad del Padre, a la que ambos, Jesús y Juan, deben atenerse (cfr. Lc 3,2ss).

              Precisamente, los primeros cristianos se preguntaban, cómo es que Jesús, en quien no hay ni sombra de pecado, va a Juan a recibir el bautismo. El bautismo les planteó muy pronto un grave problema teológico. Jesús, en efecto, se bautizó. Pero, no porque fuera pecador, sino que como cualquier ser humano estuvo sujeto al ordenamiento jurídico de la sociedad concreta que vivió. Y el bautismo de Juan formaba parte del orden social judío de principios del siglo primero; el que Jesús se bautizara es la consecuencia lógica y natural del hecho humano de Jesús. «Conviene que se cumpla así toda justicia», lo cual es cumplir el designio de la voluntad de Dios.

              Toda la atención del Bautista se dirige al que viene detrás de él, le interesa no el hecho del bautismo de Jesús, sino la revelación sobre Jesús que va unida a este hecho. Se abre el cielo, desciende el Espíritu sobre Jesús y lo designa como el Salvador prometido, aquel que puede bautizar con Espíritu Santo. Es el Mesías-Siervo a quien Isaías había descrito como totalmente lleno del Espíritu de Yahvé. Dios ha bajado porque en Jesús se da la plenitud de su Espíritu. Y, al mismo tiempo, va a ser el Espíritu quien guíe a Jesús a lo largo de su misión. Todo esto, lo confirma la voz del Padre, Jesús es el Hijo amado, elegido, en quien el Padre se complace.

              Al decir Juan que él no es digno de desatar las sandalias del que está para llegar, está declarando su sumisión y dependencia a Jesús que es más poderoso, y ya está llegando. Quiere ofrecer la realidad de un Jesús Mesías e Hijo de Dios, realidad que responde en parte a las expectativas judías y hasta las supera. Esta realidad divina da sentido a todo lo que Jesús es y significa.

              Los “cielos se abren”, no para mostrar lo que esconden (cfr Ez 1,1), sino para manifestar el Espíritu que desciende en forma de paloma. Marcos dice que el cielo se “rasgó” (1,10). Isaías rogó fervorosamente a Yahveh “nuestro Padre” y “nuestro Salvador” (63,16), para que rompiera ya su prolongado silencio y dirigiera su rostro y su palabra al pueblo: “¡Ah, si rasgases los cielos y descendieses….!” En el relato evangélico, tenemos la respuesta de Dios a la petición de Isaías: Ha llegado el tiempo de la gracia y los cielos se rasgan para dar paso al Espíritu de Dios, que actuará por las palabras y obras de Jesús, salvando a los hombres. Jesús, la Palabra de Dios, sale al encuentro del hombre. La aparición de Jesús adulto da inicio a su misión con la predicación evangélica. Lo anterior es Juan, su mensaje, su urgencia, sus invectivas. Lo que sigue es Jesús, Dios con nosotros (Mt 1,23), el que salva a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21). ¡Jesús ya está entre nosotros!

     

             

                                                  Camilo Valverde Mudarra

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    ¡Bendita tú entre todas las mujeres!

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    Domingo IV del T. Adviento. Ciclo C

    Mi 5,2-5; Sal 79,2-3.15-19; Hb 10,5-8; Lc 1,39-45.

    En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre; se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor me visite?

    En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.


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    Viene el que puede más que yo

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    Domingo III del T. Adviento. Ciclo C

    So 3,14-18; Sal: Is 12,2-6; Flp 4,4-7; Lc 3,10-18.

    En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: ¿Entonces, qué hacemos? El contestó:

    El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene y el que tenga comida, haga lo mismo. Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: Maestro, ¿qué hacemos nosotros? El les contestó: No exijáis más de lo establecido. Unos militares le preguntaron: ¿Qué hacemos nosotros? El les contestó: No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga.

    El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en la mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga. Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.


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    SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

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    SÁBADO 8 DE DICIEMBRE. CICLO C

    Gén 3, 9-15. 20; Sal 97,1-4.23; Ef 1, 3-6. 11-12; Lc 1,26-38

    En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando a su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres. Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél. […]

    María contestó: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.


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    Convertíos, está cerca el reino de los cielos

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    Domingo II del T. Adviento. Ciclo C

    Ba 5,1-9; Sal 125,1-6; Flp 1,4-11; Lc 3,1-6.

    «En el año décimoquinto del imperio de Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de  Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipo, de Iturea y Traconítide y Lisanias, de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, la Palabra de Dios  vino sobre Juan, Hijo de Zacarías, en el desierto, que recorría toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión parala remisión de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:

    “Una  voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los barrancos serán rellenados, los montes y colinas, rebajados; los caminos torcidos se enderezarán, los escabrosos se allanarán. Y todo hombre verá la salvación de Dios».


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    Vosotros velad, estad despiertos

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    Domingo I del T. Adviento. Ciclo C

    Jr 33,14-16; Sal 24,4-5.8-14; 1 Tes 3,12-4,2; Lc 21,25-28.34-36

    «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habrá señales en el sol y la luna y las estrellas, las naciones estarán angustiadas en la tierra y enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje; y los hombres muertos de terror, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo, temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

    Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo, orando, para escapar de todo lo que está por venir y comparecer ante el Hijo del Hombre».


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