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    El que no carga con su cruz, no puede ser discípulo mío

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    Domingo XXIII T. Ordinario. Ciclo C
    Sb 9,13-18; Sal 89,3-6.12-14.17; Flm 9-10.12-17; Lc 14, 25-33

     

    En aquel tiempo, como lo seguían las multitudes, volviéndose, les dijo: Si alguno se viene a mí y no deja a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo.

    Porque ¿quién de vosotros, queriendo construir una casa, no se sienta primero a calcular … Así pues, el que de vosotros no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

     

     

    El libro de la Sabiduría invoca diciendo: “¿Qué hombre conoce el designio de Dios,
    quién sabe lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son reducidos…
    ” (9,13-18).

     

    Esta invocación sapiencial de Salomón atribuye la auténtica sabiduría al Espíritu de Dios, inserto en el hombre. La idea antropológica de la dualidad, cuerpo y alma, de raíz helénica, indica la dificultad humana de conocer sin el concurso de la sabiduría; tal aspiración, sólo es colmada por la Revelación que lleva al hombre a encontrar su verdadera entidad en Dios.

    El cuerpo humano y los pensamientos del hombre son un lastre para su alma. El hombre terreno no puede por sí mismo llegar a saber la voluntad de Dios. La antropología bíblica difiere del dualismo platónico de tan funestas consecuencias en la espiritualidad cristiana. Pues, la Biblia determina la unidad profunda de la persona humana, anterior a cualquier distinción entre el alma y el cuerpo. El hombre percibe sus propias limitaciones intelectivas, aún al tratar de entender los asuntos más cercanos y mínimos. De ahí que, para captar los designios de Dios necesite la iluminación del Espíritu de Dios (1Cor 2,10-16). La sabiduría es un don de Dios que conduce a la salvación integral. En este sentido, sabio es aquel que conoce la voluntad de Dios.

    El Salmo responsorial pide al Señor: “Los siembras año por año, como hierba que se renueva; que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde se seca y la siegan. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (89,3-17).

                San Pablo escribe a Filemón, un cristiano de la comunidad de Colosas, evangelizado por Pablo, probablemente en Éfeso: “Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo…” (9,19-17).

    Esta carta a Filemón, de la auténtica pluma de Pablo, es el texto más escueto del N.T., y con un contenido muy concreto, que atañe directamente al Apóstol. La fuga del esclavo Onésimo le preocupaba en su gravedad. Aunque parece no haberse cumplido con frecuencia, la dura ley permitía, al dueño, matar a un esclavo fugitivo. Era un delito que atentaba contra la estructura social y económica del Imperio Romano. Pablo le ruega acogerlo con amor paternal y huir de las formas de amo pagano.

    Puede extrañar que Pablo no condene la esclavitud, como incompatible con el cristianismo. Hay que pensar que las circunstancias de hoy no son aquellas; nosotros enjuiciamos desde otra cultura y otro concepto. Miramos con actitudes diferentes, desde convencimientos cristianos, éticos, sociales y positivos, muy distintos. No era posible para el Apóstol ni Filemón, en su tiempo, alterar todo el complejo entramado jurídico-social de la Poderosa Roma. De ahí, que Onésimo seguirá jurídicamente siendo esclavo. Pero, ciertamente, Pablo puso el fundamento; su predicación fue el inicio, las comunidades cristianas, sembrando en la esfera social el germen destructor de la esclavitud, comenzaron a invertir las relaciones humanas de amo y esclavo. No llega a formular tajantemente la incompatibilidad, porque Pablo está inserto en su tiempo y vive el cristianismo atento a la realidad social que le impide incluso el intento de cambio, y menos, un rechazo frontal. Hubiera supuesto una revolución. No siempre, se puede pedir una transformación inmediata de las condiciones, sino poner las bases.

    En efecto, Pablo indica unos principios que son ya subversivos de la situación social. Son los del amor y fraternidad que superan las diferencias globales existentes en su época, y, hasta sacralizadas por la ley y la costumbre. Esta corta de San Pablo, se conservó sin duda, en la iglesia primitiva, por su sintético mensaje, sobre el delicado y grave problema de la esclavitud. Pablo había ya establecido la igualdad y dignidad universales de los hombres ante Dios, al afirmar: Todos somos pecadores y necesitados de salvación (Rom 3,23; 1 Cor 7,20-24; Ef 6,5-9; Col 3,22-4,1); y que, en Jesucristo, se han borrado todas las trabas que dividen y separan: “Ya no hay esclavo, ni libre, no hay varón ni mujer, pues todos sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3,28).

     

                San Lucas, el evangelista de la radicalidad, expone hoy esta exigente perícopa, en que Jesús explica la extrema dureza que requiere el seguimiento de la vocación (14,25-33); el verbo usado, traducido aquí por “dejar, en el original es “odiar”: “Si alguno quiere venir en pos de mí y no odia a su padre y a su madre…”. El verbo con una carga significativa demasiado radical y honda busca impactar y señalar la distinción entre la falsedad y la verdad del discípulo. Parece un lenguaje muy severo el uso el verbo “odiar”, pero se debe a la ausencia de una forma comparativa en el hebreo y el arameo, para indicar la idea de “amar menos”, que late en la intención de San Lucas. Nunca, el que Jesús pida odiar a los familiares, lo que es absurdo.

    Sí, es cierto que la doctrina de Jesucristo implica siempre una gran exigencia y la crudeza de energía drástica y tajante. El discípulo ha de entregarse al amor de Jesús en totalidad; nada ni nadie se pueden interponer. El Reino de Dios y el Evangelio exigen, tras la opción libre y reflexiva, el compromiso decidido y exclusivo al amor de Cristo y al prójimo. Jesús sintetiza la vocación en la frase final: “El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo”.

    El Maestro no impone “la cruz” como un valor en sí mismo, no es algo intrínseco, no se busca en sí, pero tampoco afirma que haya que evadirla o suprimirla. La cruz viene; llega, se encuentra en el vivir, y, sin duda, con su enorme valía espiritual. Soportar las deficiencias humanas y las contrariedades de la vida, en pos de Jesús y al modo de Jesús, consiste en andar con la cruz el camino pascual; emprender la vía dolorosa de la conversión en Cristo, entrar en sí y renacer de nuevo; extirpado el egoísmo, desechado el vicio y el pecado y eliminado el hombre viejo, cargar con la cruz de cada día y seguir a Jesús; sobrellevar y vencer la humillación, el desgarro, la hostilidad e, incluso, ir a la muerte, fiel a Jesús y a sus dictados; es cumplir la opción del seguimiento de la cruz de Cristo.

                Jesús, con las dos parábolas, la del constructor de la casa y la del ejército que va a la batalla, enseña que es imprescindible una seria y atenta reflexión para ir tras Él. La dedicación al Reino de Dios requiere cordura y seriedad, constancia y dolor, sabiduría y meditación. Precisa planificar, calcular los medios y las fuerzas y pergeñar los elementos. El discípulo de Jesús, ante todo, debe conocer a fondo las exigencias del evangelio y sus consecuencias posibles, tiene que ser consciente plenamente de los valores y cuantías que tiene al orientar su vida. Solamente así podrá luego actuar en coherencia con su fe y confrontar su vida con la palabra de Jesús. Sólo así podrá, con total libertad interior, tomar la opción de fe y hacer íntegra donación al amor de Cristo.

    La síntesis esencial del pensamiento de Jesús en el texto evangélico se encierra aquí: “el que de vosotros no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. San Lucas indica con la expresión de “todos sus bienes”, la peculiaridad teología de la pobreza, rasgo enteramente insoslayable para el discípulo, que, libre y consciente abraza su vocación exigente, de seguir al Maestro: Y, dejándolo todo, lo siguieron, dice de los apóstoles y al joven rico, le pide: Ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sígueme. Cristo exhorta y reclama la pobreza integral y absoluta, la que llevó a cabo con el desprendimiento y renuncia de San Francisco de Asís; y, con la abnegación de vida en la sobriedad y austeridad, Teresa de Calcuta; con la actitud y conducta que hunde su más honda raíz en el espíritu de pobreza, puesta la espera y confianza en Dios. Dejarlo todo implica el repudio de todas las cosas, posesiones y afecciones; nada se interpone en el abrazo vocacional. Es la pobreza que libera en el amor, amor confiado, fundado en la fe, la esperanza y la caridad; el amor que todo lo espera, todo lo tolera, lo supera todo, todo lo cree y ama siempre, porque la Caridad es Eterna.

     

                                                            Camilo Valverde Mudarra

     

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    El que se humilla será ensalzado

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    Domingo XXII T. Ordinario. Ciclo C

    Eclo 3,17-18.20.28-29; Sal 67, 4-7.10-11; Hb 12,18-19.22-24; Lc 14,1.7-14

     

     

    Habiendo entrado un sábado, a comer en casa de uno de los jefes fariseos, ellos le estaban espiando. Notando Jesús que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que haya otro de más categoría que tú; y venga el que te invitó y te diga: “Cédele el puesto a éste”, y entonces, avergonzado, tengas que ir a ocupar el último lugar. Por el contrario, cuando te inviten, ponte en el último asiento, y, cuando venga el anfitrión, te dirá “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será enaltecido.

    Y dijo al que lo había invitado: Cuando des una comida o cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y ya quedes pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; así serás dichoso, porque estos no pueden pagarte y recibirás tu recompensa, cuando resuciten los justos.

     

     

    Primera lectura. El libro del Eclesiástico aconseja: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas…” (3,17-29).

     

             Esta página del Eclesiástico, exhorta con gran equilibrio sapiencial y con su mensaje sereno inserto en la vida diaria, a practicar dos virtudes humanas que inciden con claridad en la vida religiosa: la humildad y la caridad. Para el Sirácida, la humildad es una virtud humana, gozosa en las relaciones sociales y esencial en el contacto con Dios, a quien nos aproxima y liga “hallando su gracia”; el reconocimiento de su grandeza, junto al de nuestra pequeñez e inferioridad, nos une en amistad y en verdad a Dios; su misericordia se vuelca con el  humilde, pues “la bondad del Señor es grande y manifiesta a los humildes sus secretos”. “Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes” (Si 3,20).  Esta afirmación del Eclesiástico no nos resulta nueva a quienes meditamos el evangelio. Jesús da gracias al Padre porque oculta las cosas más importantes a los sabios de este mundo y las revela a los sencillos y humildes (Mt 11,25). Y cuando no sólo se trata de humildes sino de humillados, con mayor razón Dios se pone de su parte: es el argumento del Magnificat, canto de agradecimiento de María y definitivo credo de los pobres. Es una constante de la Biblia la afirmación de que El se revela a los humildes.

             Es señal de sensatez reconocer las propias limitaciones; el sabio comprende que ha recibido «más de lo que puede entender el espíritu humano»; el hombre, a pesar de sus conocimientos, nunca sabe cuánto le queda por conocer; no es sabio el que sabe cosas o tiene muchos conocimientos, sino el que sabe vivir como conviene, siempre dispuesto a aprender, abierto y acogedor ante cualquiera que se le acerque. Así, es sabio el que hace limosna y ayuda a quien pasa necesidad o vive en la miseria; el que acoge las súplicas de los indigentes y escucha a los pobres, el que se esfuerza por liberar al oprimido y hace justicia con firmeza, no dando a nadie ocasión de maldecirlo. Por eso será «como hijo del Altísimo» (4,11), ya que Dios se comporta siempre así. El sabio desea ser capaz de discernir con exactitud y verdad la existencia; la humildad no consiste en un falso esconder la cabeza bajo del ala, sino en una justa apreciación de los demás y de sí mismo, así como una apertura hacia Dios.

             La humildad es signo de una vida cristiana fuerte (cf. Rm 12,16); mediante la antítesis con el orgullo, muestra el valor de la verdadera humildad. El orgullo es el mal fundamental y se manifiesta por la obstinación del corazón (cf. Ex 7,14;8,28); es incurable cuando se le ha dejado echar raíces y cuando se cierra al remedio; el que desprecia la vida de los demás, despreciará su propia vida y terminará despreciando al mismo Dios (cf. Sal 1,1). Los humildes se saben limitados de verdad, son hombres que sienten la necesidad del Dios Misericordioso.

     

    El Salmo responsorial canta: “Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor” (67,4-11). 

     

    La segunda lectura de la carta a los Hebreos asegura: “Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta…” (12,18-24).

     

    La perícopa explica la gran teofanía de Dios, que se manifiesta, ahora en el monte de Sion, como antes en el monte Sinaí (Ex 19); la vida cristiana encuentra en Sion su revelación absolutamente espiritual y trascendente; su culminación tendrá lugar, no en una montaña, sino en “la Jerusalén celestial”, a través de Jesús “el mediador de la nueva alianza”. El texto es un jubiloso canto, que impreso en el alma del hombre, hace una alegre profesión de fe en Cristo, que dona la vida eterna e inicia el tiempo nuevo de salvación, perfecto y definitivo.

             La experiencia religiosa del Sinaí fue la manifestación de la majestad de Dios, de su trascendencia. La teofanía del Sinaí, con todo su aparato de señales visibles, con toda su solemnidad, infundió el temor a un pueblo que no se atrevió a subir a la montaña sagrada. Dios se mostró entonces como tremendo e inaccesible (Cfr. Ex. 19,12-19; Dt. 4,11-14; 5, 21-30). Muy distinta es la revelación de Dios en la Nueva Alianza, pues los  bautizados tienen ahora acceso libre a la morada de Dios, han ascendido al monte Siòn y a la ciudad del Dios Vivo; los bautizados se han venido a agrupar en el Bautismo de un solo y único Espíritu y sus nombres están inscritos en el cielo; estas imágenes bíblicas hablan de la nueva y una más íntima comunicación de los hombres con Dios. Por Cristo, en cuyo rostro se adivina el del Padre, al ser la imagen visible del Dios invisible, los creyentes son recibidos en la gran asamblea de los ángeles y los santos e introducidos a la presencia de Dios.

             La grandeza infinita de Dios no le impide acercarse con un amor infinito a los hombres; la Nueva Alianza ha sido sellada con la sangre de Cristo, que derramada sobre la tierra en el Calvario, no clama al cielo, para pedir venganza como la sangre de Abel (Gn. 4, 10), sino clemencia y reconciliación. Por eso Jesús es el Mediador y precisamente por Jesús, el Mediador, se han atrevido a franquear esa distancia que separa al humano del Señor de la gloria. Transformados por el bautismo en el Padre, el Hijo y el Espíritu, pueden vivir en íntima unión con la Trinidad. Tal es la situación del cristiano en el nuevo pueblo de Dios.

     

                El evangelio según San Lucas propone hoy la humildad. Una virtud de valor imprescindible, para acceder al banquete del Reino que trae Jesucristo (14,7-14).

             La verdadera humildad, en su realidad exacta es, como dice Santa Teresa de Jesús, “andar en verdad delante de Dios y de los hombres”. La humildad es la verdad. No está en la falsa y ridícula humillación; reside en conocerse realmente y en aceptarse sin rodeos, en ponerse siempre en el sitio debido y cumplir la función personal, siempre, en la rectitud de la justicia y de la caridad, con proyección a la paz. El cristiano “ha de estar para servir y no para ser servido”, como el Maestro, que, adoptando la labor de esclavo, se inclina y lava los pies a sus comensales; Él, siendo el Primero, “me llamáis Maestro, y hacéis bien, porque lo soy”, se muestra el último. Jesús, se entrega y se da a los demás, sin esperar nada a cambio, su donación es un regalo gratuito.

    Frente al vil mercantilismo y oportunismo que danza en la actualidad, el discípulo de Jesucristo ha de dar sin mirar cómo, cuándo y cuánto da. Y se siente lleno y agradecido de poder hacerlo, de ser útil, cercano y solidario con los pobres y desechados, que “no pueden pagarle”. El valor del hombre se calcula, no por las posesiones y cargos, sino por el monto de bienes interiores del alma, por el caudal de amor y por la sabiduría con que vive y obra. Existe una evidente conexión entre humildad y sabiduría. De ahí el valor que tiene la sabiduría y el discernimiento en la vida del creyente: “El corazón del hombre inteligente medita los proverbios, y el sabio anhela tener oídos atentos”. El que sabe oír y escuchar, demuestra sencillez y conocimiento de la realidad y de Dios.

    Jesús, en esta parábola de hoy de sentido teológico, enseña que es terminantemente ineludible doblegar la soberbia, la vanidad y el fingimiento. Entrar en el Reino requiere sencillez, conciencia del propio ser y sentido de la propia precisión, “el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. El Reino y el amor de Dios son dones gratuitos del Señor; se ha de renunciar a pretensiones y rechazar toda excusa y subterfugio. No son los propios méritos, sino la dádiva clemente y graciosa de Dios, la que nos levantará de nuestra propia indigencia y nos dirá: “Amigo, sube más arriba”. El Reino exige el máximo, el abrirse al amor generoso e ilimitado, en preferencia a los inválidos, a los excluidos y marginados de la tierra que no pueden pagar ni ofrecer nada a cambio. En un banquete, signo del Reino de Dios, Jesús pide la humildad y el amor desinteresado al prójimo desechado y oprimido

    Jesús propone una conducta que deseche el quedar bien, el interés económico o social o la espera de recompensa. La vida cristiana y la filiación fundamental de los hijos de Dios se halla en el desinterés, en la generosidad y el amor evangélico: “Vosotros amad a vuestros enemigos, haced el bien y dad sin esperar nada a cambio; así vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo” (Lc 6,34-35).

    La humildad y el amor generoso fundamentan el espíritu evangélico del cristiano. La humildad lleva a la intimidad con Dios; el amor desinteresado y universal conduce al prójimo. El orgullo y el apego al lucro y a las riquezas, impiden sentarse en la mesa del Reino y destruyen la libertad del desprendimiento y de la sencillez. Incapacitan para seguir el mensaje de Jesús. Al que vive el Evangelio, le basta el ser un invitado, no el puesto en la mesa; lo colma y realiza el amor que Dios le tiene y no ambiciona prestigio ni poder; invierte en bondad, en honra y caridad, y lo hace con altruismo, a manos llenas, a fondo perdido. Desdeña la altivez, los dividendos y los triunfos, practica los dictados de la buena voluntad y de la indulgencia; su norte está en la humildad, que es la verdad. El egoísmo y la ambición ciegan en la petulancia y ocultan la identidad y la dignidad del otro; llevan al menosprecio de los demás y al maltrato de los inferiores y corrompen la convivencia con la desigualdad y con maléfica injusticia.

    Los invitados de Jesucristo se consideran los “últimos”, no tienen sinceramente pretensiones ni vanidades, viven la coherencia y humildad. La invitación llega no por merecimientos humanos, sino por gracia. La humildad cristiana no consiste en remilgos y gestos farsantes, sino en reconocernos pobres, débiles y pecadores y, por ello, en acomodar el pensamiento y la voluntad a la Palabra de Cristo con la conversión, la sencillez y la bondad. “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13,34), esta es la norma esencial.

     

                                                                  Camilo Valverde Mudarra

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    Yo no os conozco

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    Domingo XXI T. Ordinario. Ciclo C

    Is 66,18-21; Sal 116,1.2; Hb 12,5-7.11-13; Lc 13,22-30

     

     

    En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

    Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Jesús le respondió: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No os conozco”. Y comenzaréis a decir. “Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas.”Mas, él os replicará: “No os conozco. Alejaos de mí, todos los que hacéis el mal”.

    Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios y vosotros sois echados fuera. Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Pues, los últimos serán primeros y los primeros que serán últimos».

     

     

    El libro de Isaías profetiza: Así dice el Señor: «Yo vendré a reunir a las naciones de todas las lenguas, que vendrán y verán mi gloria. Les daré una señal y mandaré a algunos de sus supervivientes a los pueblos de Tarsis, África, Lidia, Masac, Italia y Grecia… ».

     

    El texto profético expone que Dios viene para “reunir” a las gentes dispersas de Israel y a todos los hombres: a “todos los países”, los más importantes en su época. Es la Nueva Congregación de los hijos de Dios, en el Nuevo Israel; han terminado todas las diferencias de raza, color o lengua, porque Dios todo lo ha purificado con la sangre de su Hijo. Somos hijos de Dios y, si hijos, herederos de la Promesa, afirma el Apóstol.

    Se trata de una convocatoria universal que mostrará la gloria de Yahvé, único Dios verdadero frente a los dioses e ídolos de los otros pueblos. Entre los supervivientes del juicio, elige a sus enviados con la misión de proclamar el poder divino a los pueblos que “nunca oyeron ni vieron mi gloria”. Los que han conocido su poder salvador serán testigos de la liberación de los gentiles; de ellos, algunos llegarán a ser sacerdotes y levitas, lo que borrará los privilegios de pueblo y casta. Un sacerdocio, que ya no será hereditario, sino vocacional, carismático, profético. Todos los pueblos llevarán a los israelitas dispersos, los judíos de la diáspora, hasta Jerusalén y Sión.

    Todas las gentes y naciones llegan a Jerusalén. Israel depone su particularismo. Es Cristo el que abre y desbarata las barreras de cerrazón; lo dice claro a la samaritana: “Se acerca la hora, en que no adoraréis al Padre en este monte ni en Jerusalén…  Llega la hora, y es esta, en que los verdaderos adoradores darán culto al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,21.23). Los cristianos han de ser testigos de su mensaje. Ello entraña la renuncia a los ídolos del mundo: poder, dinero, placer, corrupción, injusticia… Ser testigo significa conocer y entregarse al Evangelio, vivir el mensaje liberador Jesucristo.

     

    El Salmo responsorial invita: “Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre” (116,1.2).

     

                “Este salmo –opina San Juan Crisóstomo- contiene la profecía de que la Iglesia y la predicación del Evangelio se difundirán por toda la tierra. Y es que, Jesucristo, al entonar este salmo en la última Cena de Pascua, inició el cumplimiento del hecho profético que predice la universalidad de la Palabra Redentora. El Misterio Pascual, a punto de culminar en la inminente Pasión, va a poner al alcance la oferta de salvación no sólo a Israel, sino a toda la humanidad. Es la atención y cuido de Dios Padre, que Providente vela y abre la misericordia y la fidelidad eternas.

    “Los gentiles alaban a Dios por su misericordia” (Sal 175). Es un pasaje de la Carta a los Romanos en que Pablo expone la alegría de los pueblos, que, en su agradecimiento, alaban y vienen a dar al Padre las gracias y alabanza que merece.

     

    La segunda lectura de la carta a los Hebreos recuerda: “Habéis olvidado la enseñanza que os dieron: «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, no te desalientes por su reprensión”… (12,5-7.11-13).

     

    El amor y la fe hacen reconocer la misericordia de Dios incluso en las contrariedades, con la certeza de que, no siendo Dios nunca causa del mal, es posible que lo permita, siempre en bien de la criatura. En este sentido, explica el libro de la Sabiduría los fenómenos y las plagas de Egipto, el sufrimiento de Job y el martirio de los cristianos. Los hijos de Dios deben captar el mensaje de la pedagogía divina, emitido en las aristas del sufrimiento y la dificultad: “Venid a mí todos los que andáis fatigados, que yo os aliviaré”, ofrece Jesucristo. Los problemas y escollos son pruebas de la fortaleza espiritual; los entregados al Señor, verán en ellos, el gran valor formativo, que les reportan en su acceso a la mesa de la gloria (Is 35,3; Prov 4, 26).  

    La corrección, a que esta carta exhorta, es la persecución que los cristianos hebreos habrán de resistir. El cristiano vive en exigencia, su vida es lucha y donación en un ambiente adverso, ajeno al Evangelio. El misterio del mal y del padecimiento, en razón del evangelio, aunque resulte inexplicable, es aceptable sólo desde el fundamento de la fe, en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

                El misterio del dolor y de los sufrimientos se hace más aceptable para los que creen de verdad en la pasión, muerte y resurrección de Jesús; hay que tomar la prueba como un instrumento de una unión más íntima con Dios, que de este modo nos manifiesta su amor. La corrección, el dolor, en un primer momento, pueden entristecer, pero, al reflexionar, se percibe el fruto del sufrimiento, se produce un sentimiento de paz profundamente gozosa que penetra el alma y la vida de quien ha aceptado y ofrecido la prueba. Porque sucede siempre que el efecto de la prueba aceptada provoca una curación del alma.

     

    El santo evangelio según San Lucas plantea, hoy, un problema común en el pensamiento, que, constante, viene a angustiar las conciencias sobre el inquietante futuro; se aspira a tener segura la salvación y vivir la confianza de obtenerla (13,22-30).

    Al interrogante que le propone el oyente, Jesús responde con la metáfora del cielo, muy corriente entonces, de un recinto dispuesto para un banquete, cuya puerta es estrecha, una vez cerrada no entra nadie más, pues los últimos serán primeros y los primeros, últimos. Los primeros son los judíos, los últimos, los extranjeros. Jesús no responde a la concreción del número de salvados, no es relevante. Lo intrincado para Él estriba en la pertenencia al Pueblo Elegido y aguijonea a sus oyentes judíos con la seria advertencia de que han de desechar su tranquilidad y fiabilidad religiosas. Les hace ver que la adscripción judía, no garantiza la salvación, su autoseguridad y exceso de certidumbre no tiene consistencia. Esta es la verdadera cuestión la puerta estrecha, la arrogancia y la autoconvicción. Es preciso el esfuerzo ascético en estar entre los conocidos, en no perderse la entrada; ser de los primeros en conocer el plan de Yahvé. Dios no es prerrogativa ni dispensa de unos cuantos.

    Los judíos se daban por salvados; y, curiosamente, esa falsa garantía conceptual toma cuerpo en la sociedad actual: La misericordia de Dios no permite la condenación eterna, el infierno no existe. Tal especulación es un desideratum, producto de la increencia hedonista, que, hoy, se asienta. Lo más prudente consiste en respetar el misterio y hacer como Jesús, que no responde a una preocupación intranscendente. Por el contrario, las diatribas rabínicas concluían que sólo unos pocos gozarían de la plenitud final, en la que todo Israel tenía un puesto. Jesús, seguramente, ante esta conjetura, expone la parábola de la puerta estrecha, del empeño y la abnegación. El proceso de tormento y angustia que conlleva la implantación del Reino venía siendo común en la literatura escatológica del ámbito judío, y, así, aparece en la de los textos evangélicos. El Maestro asegura sin rodeos, que nadie tiene la puerta despejada, que, antes, es necesaria la conversión, pues vendrán “los publicanos, pecadores y gentiles, que despreciáis y se sentarán delante de vosotros”. Llamaréis, pero el amo dirá: “Yo no os conozco”. ¡El desconocimiento por parte de Dios, ha de ser terrible!

    La tesis de Jesús, sobre la estrechez de la puerta, desdice la engañosa presunción de salvación rabínica y la errónea predestinación apocalíptica. Es una convocatoria a los gentiles: La puerta está expedita, venid y acomodaos. Jesús no intenta atemorizar, trata de inducir. Se nos abruma hoy con las cifras y estadística. Aquel quiere que Jesús le dé números y Él le presenta la necesidad perentoria de reconciliarse y aceptar el Evangelio: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Hace una solicitud acuciante al pueblo de Israel, que no acepta su mensaje, “vino a los suyos y no lo recibieron”; no se convierten al evangelio, otros, pues, ocuparán el puesto. El núcleo esencial se halla en la conversación con Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo, el que no nace de nuevo, no puede entrar en el Reino” (Jn 3,3). Ese renacer es inexcusable, se ha de dejar el hombre viejo, retrotraer el camino y abrazar la enseñanza de Cristo; interesa creer decididamente, la salvación exige la fe y la unión con Jesús. Vivir la fe de Abrahán y entroncarse en Cristo y en el Reino que predica en un mensaje universal, sin restricciones de raza o nación, color o lengua. Salva el seguir, con fe, su doctrina, sencilla, pero exigente.

     

                                                               Camilo Valverde Mudarra

     


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    He venido a traer fuego al mundo

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    Domingo XX. T. Ordinario. Ciclo C
    Jr 38, 4-6.8-10; Sal 39,2-4.18; Hb 12,1.4; Lc 12,49-53

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a traer fuego al mundo, ¡y cuánto deseo  que esté ya ardiendo! He recibido un bautismo de dolores, ¡y me angustio hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra?  Os digo que no, sino discordia.

    En adelante, estarán divididos cinco:  tres contra dos y dos contra tres; el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

     

     

    Lectura del libro de Jeremías En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: «Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia»… (38, 4-6.8-10).

     

             Sedecías, hombre bueno pero débil, sube al trono y se deja llevar a la guerra; la palabra del profeta proclama que es absurdo ir contra Babilonia a impulsos de un nacionalismo y una resistencia militar, que se desentiende a su antojo del pueblo hambriento y desmoralizado. La voz del profeta es molesta cuando interpreta el sentimiento popular; los poderosos intentarán suprimirlo. Muchos años más tarde se producirá una situación semejante con Jesús (cf. Jn 11,50).

    El encarcelamiento degradante del profeta Jeremías, por el inepto rey de Judá, en los últimos años del reino, es un intento de acallar su lengua y doblegar sus pasos, ante la inminente invasión del ejército babilónico. El profeta, elegido por Dios “antes de que se formara en el seno de su madre” (Jer 1,5), se enfrenta a la incomprensión, al martirio y a la muerte, por parte del poder. Su palabra molesta, incomoda y desagrada. Jeremías, como Jesús, atenazaba las conciencias endurecidas, instaba a las exigencias radicales que implica la fe, y denunciaba los desvíos y desmanes de los pudientes y ambiciosos; razón por la que lo apresan y lo quieren eliminar.

             No obstante, se manifiesta, un destello de esperanza y protección de Dios. Un eunuco, Ebedmélek, percibe la injusticia contra Jeremías y compadecido intercede y logra  salvarlo. Un extranjero, impuro, es el único que protege al profeta en la Jerusalén asediada, como estaba en aquel momento, corría el riesgo de ser olvidado en la cisterna y morir inevitablemente. Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita: “Toma tres hombres a tu mando y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera”. Jeremías fue salvado y continuó algunos años más su ministerio profético.

             Jeremías ha sido por la tradición bíblica y eclesial tipo genuino de Jesucristo. Es el personaje histórico en quien se inspiró el Segundo Isaías para pintarnos al Siervo Paciente; el Profeta de la interioridad, de la Nueva Alianza, el hombre que se confesó públicamente hombre, para que nunca más hombre alguno pretendiera disimularlo bajo capa de santidad.

     

             Salmo responsorial:  Señor, date prisa en socorrerme. Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito… Tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes” (39,2-4.18).

     

    La carta a los Hebreos  dice: “Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera”… (12,1.4).  

     

             La carta a los hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe; es ya la segunda generación, ha desaparecido el primer entusiasmo y ha venido la costumbre, se palpan las dificultades internas y externas. Este cap. 12 es una exhortación a la constancia en la prueba y a la fidelidad en la vocación.

    El texto de Hebreos apremia a la perseverancia en la fe. El autor exhorta a “correr con insistencia en la carrera; el símbolo deportivo apunta a la vida cristiana; en el estadio, el atleta, desasido de toda impedimenta, corre; así, debe el cristiano despojarse del pecado, obstáculo fundamental para acceder a la plena vida en Dios. La meta ideal es Jesucristo, la carrera de la fe se debe realizar en Cristo, con fidelidad dolorosa hasta la muerte. El creyente ha de estar dispuesto incluso a recorrer la amargura de la pasión y el riesgo de la muerte con amor y donación de la propia vida.

             El verdadero modelo, al que deben mirar e imitar, es Cristo; el destino de la comunidad está ligado al de Cristo y no será ni mejor ni peor: persecución y desprecio, sufrimiento y muerte fueron el destino del Señor. Hoy son muchos los cristianos inseguros en su fe, e inmersos en los problemas actuales no saben qué camino tomar. Es el momento de aceptar la sabiduría de la cruz. Estar bajo la ley de la cruz significa, para la comunidad, soportar las tensiones y contradicciones en el interior de la comunidad, de la Iglesia, y perseverar a la espera del que da razón de nuestra fe: Cristo Jesús.

             La constancia en el combate es una de las cualidades del atleta. El proceso que sigue el creyente tiene su raíz y su cumplimiento en el mismo Jesús; no lucha en solitario, va tras Jesús y con Jesús, que obra una transformación honda y total por su muerte en cruz. La prueba acompaña siempre al verdadero creyente (1ª. lectura). La sangre y el triunfo de Jesús dan ánimo al cristiano para continuar.

     

     

    El santo evangelio según San Lucas (12,49-53) expone hoy una cierta inquietud espiritual de Jesucristo, que vislumbra en su misión especiales dificultades amenazadoras: “He venido a traer fuego”. El fuego ardiente del amor a Dios y al hombre. Fuego que incendia con su ardor o provoca la frialdad del rechazo y, por tanto transforma y renace o divide, consume y disgrega. Su aparición en el acontecer histórico supone entablar el combate y la lucha, con decisión, sin debilidad alguna ni neutralidad; su cometido exige el impulso y la ofensiva propios del fuego que aviva, transforma y purifica.

    El Maestro emplea los términos “fuego”, “guerra”, “división”, en relación con la exigencia del mensaje evangélico, que se sustenta en su radicalidad doctrinal, en la decidida voluntad de aceptación y entendimiento que, con claridad, se abre a los designios e interpelaciones Divinas en la vida humana. El símbolo del fuego, aplicado a Dios y su poder, es frecuente en la S. Escritura. Yahvé en Isaías es el “fuego devorador” (Is 33,14; cf. Dt 9,4). Jesucristo trae ese fuego divino a la tierra; el mensaje mesiánico de la cercanía del Reino y su vida y predicación a favor de los humildes y oprimidos por la injustita del mundo, han desestabilizado los fundamentos del entramado social. Jesús es piedra de escándalo, fue espada de incisión y diatriba en las esferas sociales y religiosas de Jerusalem: He venido a traer a la tierra, no paz, sino división”. Sus hechos y palabras crean discordia; suscitan tensión y provocación, porque su anuncio remueve las bases humanas y exige un cambio radical. Trae fuego”, que enciende la conciencia descuidada, hostiga la voluntad embotada, zarandea los fondos íntimos del ser humano.

    No obstante, debemos señalar esta idea. Sin duda, Jesucristo, manso y humilde de corazón, es la paz auténtica y definitiva: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, os la doy yo” (Jn 14,27). Ofrece su paz, no la paz a la medida humana, frágil y vacía; no la del conformismo ni de avenencias con la injusticia, con la violencia y la ambición egoísta. Su paz no es el confortable bienestar y holganza. Trae la paz de la verdad y de la justicia; no la de los poderosos e instalados, jamás la de los agresores y asesinos. Su dedicación a los desvalidos y excluidos lo llevó a la cruz. La opción por los pobres, en este solar de injusticia, acarrea violencia, agresión y muerte. El goce de la paz verdadera implica entrar en batalla; el Evangelio no es “neutral” ni se entiende sin entrega y compromiso fiel: “Lo que hagáis a uno de éstos, a mí me lo hacéis”. Los olvidados, los hambrientos, los extranjeros, son Cristos en las aceras y rincones de nuestro camino cotidiano.

             El evangelista San Lucas conecta este misterio de fidelidad y radicalidad de Jesús al ámbito existencial del cristiano, que ha de sufrir su propia pascua y su propio bautismo de muerte y resurrección (Rom 6); el fuego de Cristo será, para el discípulo, el fuego del Espíritu en Pentecostés (Hch 2), la división y el escándalo de Jesús se proyecta en sus discípulos, testigos conscientes y fieles de su evangelio.

    Jesucristo pide decisión leal, drástica y tajante. Exhorta a saber discernir y juzgar, descifrar y formular correctamente las exigencias de justicia a la luz de la fe y la caridad; a distinguir la voluntad de Dios y las señales del Reino, seguir la vocación y oír la voz del Señor y captar su sentido profundo. Jesús fue y sigue siendo el gran signo de los tiempos. Su vida y su enseñanza es la pauta relevante para enfocar y entender las fuertes orientaciones del hombre actual: la secularización, el relativismo, la globalización y la negación de la norma ética. El cristiano debe marchar entre los signos del presente, entroncado en la voluntad de Dios, mediante la oración permanente y el dictado de la Palabra de Jesús. Su cometido está en luchar por el valor de la fraternidad, defender los derechos de los desechados, aun entre tensiones y obstáculos, e incendiar el mundo de justicia, de paz y de amor.

     

    Camilo Valverde Mudarra

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    Donde está vuestro tesoro, allí está el corazón”

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    Domingo XIX T. Ordinario. Ciclo C
    Sb 18,6-9; Sal 32,1-12.18-22; Hb 11,1-2.8-19;
    Lc 12,32-48

     

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se rompan, y un tesoro inagotable en el cielo, en que no entran  los ladrones ni lo roe la polilla. Porque, donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

    Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Pensad, que, si supiera el dueño a qué hora viene el ladrón, no le dejaría horadar su casa. Así, estad preparados vosotros, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre» …

    Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá».

     

     

            La primera lectura del libro de la Sabiduría relata que “la noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres, que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues, con una misma acción, castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti” (Sb 18, 6-9).

    Este texto de la Sabiduría, pequeña joya de la literatura judía alejandrina, en una exhortación dirigida a la comunidad hebrea de la diáspora, expresa una grandiosa relectura sapiencial y teológica de la historia de Israel, en clave escatológica y en recuerdo de la consabida “noche” de la liberación de la esclavitud de Egipto, que se iluminó con una columna de fuego, luz comparable al sol, como guía de Israel hacia la libertad.

    En estos capítulos, se confrontan continuamente hebreos y egipcios, en dos actitudes fundamentales: la justicia y la impiedad. Aquella noche decisiva, que inicia el Éxodo y lleva la muerte a los primogénitos egipcios, en señal de la justicia inexorable de Dios y de gozoso futuro para los hebreos, al ver cumplidas las promesas divinas, brilló el poder de Yahvé. Es la noche de la primera celebración de la Pascua, fiesta de la libertad, con sus litúrgicos salmos del Hallel (Sal 113-118), “alabanzas de los antepasados”. La Pascua de dimensión comunitaria es un signo de unidad y de libertad nacionales y el acontecimiento capital de la historia de salvación de Israel; en ella, los hebreos se vinculan entre sí, a través de un pacto de comunión y de solidaridad en el bien y en el mal. El autor de Sabiduría, tratando con mucha libertad los relatos del Éxodo, intenta expresar que el castigo del malvado viene a ser premio para el inocente: “con una misma acción castigabas a los adversarios y nos honrabas llamándonos a ti”.

    Dios ha decidido intervenir de una forma definitiva y clara en la historia del hombre, enviando su Verbo Liberador que se compromete en favor de los oprimidos; llega la Palabra Encarnada que libra al hombre de toda forma de opresión y de esclavitud, pero la Palabra, en lugar de lanzarse contra los opresores y vengar sus injusticias, ha cargado sobre sí el peso de la muerte y se ha transformado en Nuestra Pascua definitiva. Jesús el Mesías, dando su vida en prueba suprema de amor a la humanidad, ha abierto un paso transitable a cuantos se adhieren a su mensaje y se comprometen con los pobres y oprimidos por las potencias esclavizantes de signo político, social, religioso, ideológico o pragmático. Es la nueva creación salida del costado del Mesías en el momento de morir para inaugurar el reinado definitivo de Dios entre los hombres.

     

     

                El Salmo responsorial asegura: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre”. Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.

     

                La segunda lectura de la carta a los Hebreos expone: “La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. Por su fe, son recordados los antiguos… ” (Hb 11,1-2.8-19).

     

    Esta parícopa centra su ámbito teológico en la virtud de la fe, entroncada en íntima relación con la esperanza, pues es “fundamento de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” (11,1). La fe conduce al porvenir prometido por Dios; precisamente, lo que constituye el carácter paradójico de la fe, es que posee sin tener y conoce sin ver. Nuestra fe se fundamenta no sólo en “objetos” de fe, en realidades en las que hay que creer, sino también en “sujetos” de fe, en figuras que han vivido, con esperanza, la oscuridad de la fe cada día. Entre ellos, Abraham, que partió sin saber y esperaba y creyó contra toda esperanza. Así, esperando y creyendo, Abraham es “un símbolo”, paradigma de todos los creyentes que marchan abrazados a su fe.

                Mediante los ejemplos bíblicos, ofrece a los que vacilaban en su fe los rasgos fundamentales que tuvo la fe en los grandes creyentes: la firmeza en la esperanza, que anticipa los bienes futuros y el convencimiento de lo que aún está por ver y por venir. La fe, como respuesta a la palabra de Dios que tiene el carácter de promesa, es inseparable de la esperanza. De ahí que la fe sea siempre un éxodo, una salida, el comienzo de un camino hacia el futuro de Dios que trae la salvación. El que cree está siempre de paso, vive como un extranjero, como un nómada. Así vivió Abrahán, incluso en la tierra que Dios le había prometido (Gn 17,8;20,1;21,23;24,37); y lo mismo Isaac y Jacob. Es que  llevar una vida nómada es imprescindible, en un sentido profundo, a los creyentes, por eso, no pueden instalarse nunca. La “tierra prometida” es el símbolo de lo ciudad futura, de la ciudad que Dios construye para los que la buscan y ponen en él toda su esperanza. El creyente, en efecto, es un peregrino; está en el mundo pero no se vincula a él, porque ya ha gustado los bienes invisibles.

                 En definitiva, la forma de vida, a la que el cristiano tiende en su interior, es vivir de fe.

     

     

    El santo evangelio según San Lucas trae, bajo el símbolo de “la noche”, la exhortación del Maestro sobre la vigilancia y la espera ante la inminente y sorpresiva venida del Hijo del hombre (12,32-48). La vida es una larga “noche” en espera de un luminoso amanecer que se abrirá con la venida del Señor, juez y libertador. El “Estad preparados y con el cinto ceñido”, alude a los hebreos en la noche pascual (Ex 12,11), la vigilia de su marcha hacia la libertad. El evangelista insta a iniciar con Jesucristo el éxodo definitivo hacia la plena y perfecta libertad. No se puede afrontar la cotidiana existencia en la indiferencia, la disipación, y, menos aún, en la inmoralidad. Se vive hoy, en un mundo vacío, desprovisto de valores esenciales, falto y escaso de convicciones profundas; al hombre se le hace difícil creer en algo que sea válido y verdadero para siempre, vive su pasotismo y dejadez; se afana en atrapar el goce, la droga, el placer y el dinero, vivos ídolos a los que se aferra en su increencia, único tesoro que persigue y que llena su aspiración, pues, “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.

    El creyente, por su parte, tiene trazado en Jesucristo el rumbo de su conducta: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dice. Está alerta atento a lo primordial y desasido de lo accesorio; “tiene ceñido el cinto y encendidas las lámparas”. Su diáfana palabra le insta a acoger y vivir la fe, la esperanza y la caridad; andar siempre confiado de la mano del Señor, con la certeza de que es hijo de Dios Padre, que lo quiere y recompensa; que ayuda y protege, al que vela y lealmente cumple su deber con honradez y generosidad, porque lo “sentará a su mesa y lo servirá Él mismo”, pleno de alegría, misericordia e infinito amor.

                Jesús explica en la perícopa, tres parábolas, que muestran la actitud diligente con que se ha de afrontar el tiempo de espera previo a la venida del Señor. Los que en ese momento estén preparados en constante atención y vigilancia, recibirán los parabienes del dueño y serán acogidos en su bondad. El siervo que se halle en guardia y en vigilia, de modo responsable en cumplimiento de su deber, acorde con la doctrina evangélica, logrará la íntima comunión, con Jesucristo, el gozo y gracia de la gloria.

                La hora no está señalada. Lo mismo que el ladrón irrumpe de forma inesperada e imprevista, así entra Dios en la historia de los hombres, así llegará en su día el Señor de Reyes. En consecuencia, “vosotros estad preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre”.

                Y, en tercer lugar, es preciso estar muy pendiente de la labor encomendada, como el administrador fiel y prudente, al que su amo lo encuentra atento en su puesto de gestión al frente de la servidumbre. Si, por el contrario, descuida la tarea asignada en pro de sus intereses, de la ineficacia y la inmoralidad, caerá en el autoritarismo, el robo y la indecencia que serán su desgracia. La parábola hace referencia al problema que sufrió la comunidad de San Lucas, que tras esperar un cierto tiempo de modo excesivo y deformado la inminente venida del Señor, se fue dejando atrapar por la  frialdad y la indiferencia, con lo que abandonaba el compromiso directo del presente. El Maestro les señala la gravedad de esa actitud, impropia de unos dirigentes cristianos que recibieron la responsabilidad pastoral frente a sus hermanos, “pues “a quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá más”.

                Hoy, varias veces, Jesús impele a la prontitud y la vigilancia. El cristiano debe permanecer firme en la palabra del Maestro con entera disposición y fidelidad, entregado a la radical realización de la propia misión. El siervo leal y cumplidor rehuye la violencia, el egoísmo, las pasiones, la distracción y la banalidad de su conducta. El que se mantiene en vigilancia, en exigente espera del Señor, marcha cada día en la rectitud de forma seria y ejemplar de acuerdo siempre con la enseñanza evangélica, preparado y pertrechado de esos tesoros inagotables que llevarán al Reino y al abrazo del Señor en el momento decisivo. Dichoso, quien el patrón, al llegar, encuentra en vela. Vigilar es esperar. El itinerario cristiano conduce derecho a la plenitud. El amor, que lo mantiene vigilante en su camino terreno, lo lleva a la esperanza.

     

    Camilo Valverde Mudarra


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    Lo acumulado, ¿para quién será?

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    Domingo XVIII T. Ordinario. Ciclo C
    Qo 1,2 - 2,21-23; Sal 89,3-6; Col 3, 1-5.9-11; Lc 12,13-
    21

    En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».  Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»

    Y dijo a la gente: «Guardaos de toda codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

    Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Que haré?» … Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿para quién será?». Así sucederá al que atesora para sí y no es rico ante Dios.

     

     

    El libro del Eclesiastés explica: “¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad. Nada nuevo hay bajo el sol; nada merece la pena en esta vida” (Qo 1,2.9).

     

                El nombre de este libro procede de las palabras que lo encabezan: “Palabras del Cohélet, hijo de David, rey de Jerusalén” (1,1). La palabra hebrea Cohélet, que las versiones han traducido por Eclesiastés, significa predicador o portavoz del pueblo. “Todo es vanidad, vaciedad”, esta afirmación es la tesis de todo el libro y subraya la vaciedad o nulidad de todas las acciones humanas; “vaciedad”, que literalmente significa vapor o aire, es una de las imágenes con que la Biblia resalta la caducidad de las cosas humanas. Este pasaje de hoy analiza el sentido del trabajo del hombre.

                La forma literal del texto, “vanidad de vanidades” es un superlativo típico en hebreo: significa por tanto “vanidad, vaciedad absoluta” y en sentido figurado, que es el que aquí prevalece, “decepción suprema”. El hombre se encuentra, después de todo decepcionado por todo aquello por lo que había luchado o trabajado, desconfiado de todo. Así el propio autor, el Eclesiastés, dice que es el libro más pesimista de toda la Biblia. Parece radicalmente convencido de que su existencia es un caminar sin sentido. Toda tentativa por superar el vacío con las propias fuerzas está destinada al fracaso. Lo que llamamos éxito es algo muy relativo; el concepto de “éxito” supone que continuamente hay que luchar y trabajar. Además no se puede hablar de éxito desde el momento en que el hombre no puede dominar la muerte. Sólo el dominio sobre la muerte sería un verdadero éxito y daría sentido al trabajo. En este grito de pesimismo se puede descubrir un aviso importante, el autor recuerda que hay que tomarse en serio el sentido de la vida y del trabajo. El corazón del hombre experimenta un deseo de absoluto que nunca llega a satisfacer eso es expresión de la limitación humana. La vanidad es el desconocimiento de los límites y equívocos que se imponen al esfuerzo del hombre; la vanidad es la locura humana que no cuenta con la muerte y se encuentra brutalmente ridiculizado por ella. El hombre se erige con frecuencia en la medida de la cosas y olvida que la existencia se le escapa. Se refugia en seguridades ilusorias. Sólo si sabe mirar de frente la realidad encontrará un modo de vivir con rectitud.

                Este libro presupone la crítica de Job; pero mientras éste se preocupa por el justo que sufre, el Cohélet -algo más tarde, quizás un siglo- se inquieta por los impíos que, a pesar de su vida pecadora, viven llenos de prosperidad. A partir de este hecho innegable, que muchos pecadores viven mucho más tranquilos y felices que muchos justos, el Cohélet, revisa las nociones tradicionales de felicidad y bienestar y el sentido de la vida inculcado por los convencionalismos imperantes. Afirma la vaciedad de todo lo que los hombres afanosamente persiguen como si de ello les dependiera la felicidad y la suerte eterna. Dios dirige el sentido de la historia; todo es don divino, hasta el comer, beber y disfrutar del trabajo (2,24), pero el hombre no sabe captar este sentido profundo de la historia.

                Con todo, este predicador no es sistemáticamente escéptico y mucho menos agnóstico. Cree sinceramente en Dios, proclama que no le podemos exigir cuentas de sus decisiones (3,11.14;7,13), que hay que obedecer sus mandatos y reverenciarlo (5,6;8,12-13) y que, como decía Job, hemos de aceptar tanto las alegrías como las penas que vienen de su mano (7,14). Exhorta a disfrutar moderadamente de las alegrías de la vida, dando a Dios gracias por ello, pero sin poner en ellas demasiado entusiasmo, por cuanto son fugaces y no procuran la verdadera felicidad. Aquí está la actualidad del mensaje del Cohélet; hace revisar las motivaciones, las aspiraciones y el sistema de valores de la sociedad de consumo en que estamos inmersos. Así, aunque no proclama el camino de la vida eterna y de la plena bienaventuranza que un día enseñará Jesús, prepara la revelación evangélica.

     

    El Salmo responsorial exclama: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán» Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna (Sal 89,3-6).. 

     

    El Apóstol San Pablo exhorta a los Colosenses: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra… Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo (Col 3, 1-5.9-11).

     

    Con esta perícopa se inicia la sección parenética de la carta; se abordan temas de la ética y moral cristiana; el fundamento de la conducta cristiana se halla en la vida nueva del hombre en Cristo, Muerto y Resucitado por todos. El cristiano ha de reproducir la imagen del Resucitado en su conducta de todos los días. Es “conocerlo” “estar en Cristo”, unidos con El, ser miembros suyos, todo esto tiene exigencias no exactamente morales, sino ontológicas.

    Con sus exhortaciones morales prepara el gran cambio que conlleva el paso del hombre viejo al nuevo; si el cristiano sigue siendo y viviendo igual que si no tuviera fe está traicionando lo propio del hombre nuevo: la vida nueva. Vivir como creyentes, es vivir siempre en novedad; es la transformación del bautismo, que implica un nuevo comienzo. El hombre llega a ser un nuevo hombre, un nuevo Adán (1 Cor 15, 45), una nueva imagen de Dios (Col 1, 15); el hombre encuentra en Cristo su verdadera humanidad. Por eso ya no tiene sentido la diversidad de razas, de formas de ser o pensar, ya que todo es Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos”. Lo que Qohélet ansiaba (1ª.lectura) se hace realidad en el hecho de Jesús: él asocia al que cree en él a una novedad radical. El que aún no se ha dado cuenta de la novedad de su propio bautismo es como un cristiano de alma vieja. Si es que aún no hemos experimentado esta novedad es porque tal vez aún no nos hemos decidido a romper con las obras de la vieja condición humana. Todo lo que significa romper y rasgar produce dolor; pero es la única forma de crear la vida.

    El hombre viejo es el que no se ha desprendido de las afecciones humanas, sigue apegado a las cosas de abajo. El hombre nuevo es el que se ha renovado, abierto a la acción del Espíritu, que ha renacido en agua y espíritu a las cosas de arriba y vive la ética emergente de la fe, firme, duradera y consistente, y respira la vida nueva del hombre en Cristo. San Pablo exhorta a aspirar a las cosas de arriba, es decir, una vida renovada en Cristo Jesús y en oposición a las cosas de abajo; no se trata de una depreciación de las llamadas “realidades terrestres”, sino que, precisamente, por el triunfo de Jesús, hasta lo terrestre adquiere sentido, pero en el mismo Jesús.

    El Apóstol proclama abiertamente que hemos sido rescatados de la esclavitud de la ley y constituidos hijos de Dios (Gál 4,1-9). La salvación en Cristo, al hacernos hombres nuevos, nos hace también hombres libres e iguales, ya no hay diferencias. Y, objetivamente, ésta, no hay otras, es la única y auténtica libertad: la que Cristo nos ha reportado. De modo que, la libertad es el principio regulador de toda conducta humana. Así pues, seremos plenamente libres, si hacemos el bien en fuerza de un dinamismo interior y no simplemente, porque hay una ley que desde fuera nos lo ordena. Sólo es auténticamente libre el que puede regalar su libertad.

     

     

     

    El santo evangelio según San Lucas (12,13-21) plantea el asunto de la riqueza a través de una discusión, por una herencia, tan corriente en las familias y entre hermanos. Nos recuerda la obra de Hesíodo, “Los trabajos y los días”, que parte de un litigio parecido. Jesús rehúye la cuestión finamente y, aprovechando la oportunidad, propone una parábola, que especifica su enseñanza certera sobre la codicia y la riqueza.

                La parábola expone la relación que debe tener el hombre con las cosas, con el ser y el tener. En apariencia el rico se comporta como un administrador sabio y prudente, pero ser rico ante Dios significa buscar el reino de Dios, aceptar su voluntad, entrar en comunión con Cristo.

    Se aprecia en la parábola la tremenda soledad de ese hombre, rico y avaro; es, sin duda, un aspecto enormemente lastimoso y terrible. Vive aislado y solo, únicamente se  tiene a sí mismo y su cosecha, su compañía es la zozobra y la inquietud por los dineros y el modo de custodiarlos. Cuenta y sopesa su renta, le preocupa la cantidad, lo sofocan las previsiones y su conservación. Está obnubilado, su objeto e interés son atesorar y acumular los bienes materiales. Su corazón sólo ve el dinero y su acopio. Se ha identificado con sus posesiones y riquezas. Ya no es hombre, es su cosecha. Está vacío, su vida es el haber. La codicia no sólo es incapaz de hacer vivir más o menos, sino que además incapacita para el desarrollo de las propias capacidades. Jesús resalta la primera: la capacidad de relación con Dios. Matando esta capacidad, la codicia mata al propio codicioso.

    La riqueza exige reparto, justa distribución y comunicación; existe en relación a los demás, requiere el acto libre y equitativo de compartirla con los otros, en el desprendimiento y el despego del alma. Por eso, el Maestro en el esencial Sermón del Monte declara: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,3). Frente a ello, el acumular, conservar, proteger, atesorar, guardar y esconder cosas es la necedad que acarrea la desdicha, la infelicidad y la pérdida. Poner el alma en el dinero, como dice San Pablo, “es una idolatría”, es adorarlo, divinizarlo, hacedlo el dios Machón, por tanto “enterrad todo lo terreno. En lugar de un medio, para servir, compartir, ayudar y vivir, se convierte en objetivo único, en fin primordial, que somete, esclaviza; lo sacrifica y arruina todo y a todos. Este, al que se llama necio, se olvidó de la inexorable muerte. Pero es que, ya, mucho antes, andaba muerto. Lo mata la ambición del tener y poseer, su egoísmo lo deja sin futuro, no sabe que la seguridad y la vida se hallan en dar, en entregar, en compartir y comulgar con el prójimo. Por la posesión de un poco, lo pierde todo.

                El cristiano es un expropiado total de todas las cosas, porque es dueño y amo de todo. Las cosas aprisionan, los objetos mundanos reducen las dimensiones de nuestro corazón, que se empequeñece y empobrece y se cierra con aquello a lo que se repliega. La posesión es sobre todo limitación de libertad. La avaricia es la falsificación de la propia vida, pues las cosas no se dejan atrapar, de ahí que al identificarse con la posesión, se produce el vacío y al llegar la hora final, quedan allí. La cosa, escapando de sus manos, persiste, con tozudez, «ajena» a él, aunque la apriete y retenga, precisamente porque pretende cogerla y retenerla, huye, se ríe burlona y queda intacta, intocable. Siempre lo dejará insatisfecho. A pesar de sus planes, él se va en breve y sin previo aviso, ¿para quién serán?

    La tierra pertenece a los «mansos», a aquellos que nada reivindican. La idea que presenta hoy el Maestro es ser rico o pobre ante Dios. Es pobre ante Dios el que almacena dineros para sí, negado a los bienes del Reino y al compartir con los demás; es rico, en cambio, el que pone su corazón y su vida centrados en Dios y dedica al servicio de los demás lo mucho o poco que tiene, su abundancia o su escasez. El desprendimiento de lo terreno lleva a visualizar lo invisible, descubre el secreto de la naturaleza, el gozo del hombre y del riachuelo, de la poesía y la felicidad, la contemplación de la simétrica creación. Es el signo de la liberación en la alegría, liberada de angustia.

    El cristiano, frente al usurpador avaro que busca la seguridad en los bienes terrenos, es el hermano, el contemplativo, el hombre de la amistad y del encuentro, que entabla y pide “comunicación”. No vive y se detiene en las cosas, no se cierra, no acapara y rechaza; muy al contrario, se abre a la verdad de las cosas, avanza, se entrega, da y comparte, contempla y ama. Reside en la alegría de dar.

     

                                                         Camilo Valverde Mudarra

     

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    Padre, santificado sea tu nombre

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    Domingo XVII T. Ordinario. Ciclo C
    Gn18,20-32; Sal 137,1-3.6-8; Col 2,12-14; Lc 11,1-13

    Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos»

    Él les dijo: «Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación»

    Y les dijo: —«Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido…

    Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre.

    ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? …Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre Celestial dará a los que se lo piden?

     

                    La primera lectura del libro del libro del Génesis cuenta que “en aquellos días, el Señor dijo: «El pecado de Sodoma y Gomorra es muy grave y su falta enorme… Entonces Abrahán le dijo a Dios: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? … No se enfade mi Señor, si hablo una vez más. ¿Y si encuentro en la ciudad diez? Contestó el Señor: En atención a los diez, no la destruiré” (Gn18,20-32).  

                El leccionario ofrece esta primera lectura sobre la oración intercesora de Abrahán en favor de Sodoma. No obstante, a pesar de ello, Sodoma y Gomorra fueron destruidas, pero permanece el hecho de que la oración de Abrahán por la ciudad pecadora fue escuchada; ¡si hubiese hallado algún justo! Abrahán, siempre generoso, sólo regatea cuando pide a Dios perdón por el pueblo pecador, pero no se atreve a pasar de diez justos. Por boca del profeta Jeremías (5,1) y Ezequiel (22,30), Dios asegura que si hubiera en Jerusalén un solo justo, la perdonaría. Se manifiesta, pues, la fuerza salvífica de los santos, que, en virtud de sus méritos ante Dios, beneficia a todos los demás. El caso límite será la salvación de toda la humanidad por un hombre solo, como por uno solo también se extendió el pecado a todos los hombres.

                Y junto a los méritos de los santos o justos, está también la fuerza de la oración; en la intercesión de Moisés por la apostasía del pueblo, no apela a los méritos de ningún israelita, sino a la bondad de Dios y a la gloria de su Nombre. Dios revela a Abrahán los planes que tiene sobre Sodoma, pero ese conocimiento de la revelación no lleva a Abrahán a proclamarla a los sodomitas sino a interceder por ellos ante Dios. La conversación amistosa de Abrahán con el Señor muestra que Dios rige el mundo con soberana justicia. Aparece como el juez ideal, que no se deja influir por simples rumores y se atiene a los hechos que comprueba. Naturalmente, el autor tiene conciencia de que su relato está lleno de antropomorfismos; por ejemplo, Dios envía dos mensajeros a Sodoma para que le informen de lo que sucede. Sin embargo, el autor piensa que así expresa mejor la justicia de Dios, que se ve obligado a castigar a una ciudad corrompida, hasta el extremo de maltratar a sus enviados (19, 4ss).

                Del mismo modo, es un antropomorfismo la progresiva condescendencia de Dios que va cediendo ante la insistente intercesión de su amigo Abrahán; así, este regateo y esta condescendencia revelan hasta qué punto la justicia divina está llena de misericordia. Dios sabe perdonar a los pecadores por amor a los justos y, de ningún modo, es su intención que paguen justos por pecadores (cfr. Jer 5, 1; Ez 22,30).

     

     

                El Salmo responsorial muestra la infinita misericordia de Dios Padre: “Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos” (Sal 137,1-3.6-8).

     

     

                La segunda lectura del Apóstol San Pablo a los Colosenses explica: “Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en Jesús, perdonándoos todos los pecados” (Col 2,12-14).

     

                Esta perícopa desarrolla la idea expuesta en la primera parte del texto: significado de Cristo y su obra para los hombres.

                San Pablo resume aquí su doctrina sobre el bautismo, expuesta más extensamente en Rm 6,3-11. Insiste en la incorporación del creyente a Cristo por el bautismo; establece un paralelismo muy estrecho: nosotros hemos sido sepultados y resucitados con Jesús. De ahí, que el cristiano -contra la superchería de los colosenses-, se sienta libre de toda potencia extraña. El bautismo es un signo eficaz o sacramento por el que participamos de la muerte y resurrección de Jesús. Aunque ciertamente es la acción de Dios la que nos salva y actúa en el bautismo, la fe es una disposición necesaria para recibirlo con provecho; una fe recia es capaz de engendrar, en uno mismo y en los demás, un estado de liberación de gran realidad. Por otra parte, el bautismo nos incorpora a una comunidad de vida nueva.

                Por lo tanto, el amor a la vida y el optimismo radical debiera ser un distintivo de la comunidad cristiana. Pero, nosotros no somos iguales a Cristo, sino que de Él, de su cruz, hemos recibido la vida. La muerte que para Él fue vida, se transmite a nosotros como vida. Los gentiles, que vivían al margen de la salvación, ahora, por el bautismo y la fe en Jesucristo, han recibido la nueva vida y son miembros vivos del verdadero Israel de Dios. El hombre entronca con Cristo por la recepción de la vida del Resucitado y por  la  Muerte y la Resurrección de Jesús, fuente de donde brota toda la gracia.            

              Los temas, pues, son unión con Cristo, perdón de pecados, vida. Destaca la desaparición de la situación de lejanía del hombre con Dios que acaba en la  Pascua y se produce esa acción unitiva que lleva a cabo la Muerte y Resurrección y su asunción por la fe y el bautismo.

     

     

                La lectura del santo evangelio según San Lucas presenta hoy a Jesús recogido en oración (Lc 11,1-13). No es ninguna novedad, Jesucristo oraba con frecuencia, es un acto repetido y constante durante toda su vida. Esta constancia es la que provoca la petición de los discípulos de “enséñanos a orar”.

                La oración es el manantial del que se nutre nuestro espíritu, el alimento que vitaliza el alma. Sin ella, la vida espiritual se agosta y languidece; con la oración se enriquece nuestro ser. Hay que rezar con la confianza de hijos en el Padre y volcando el corazón; eso es, decía Ghandi, lo que importa de verdad: “Es mejor poner el corazón en la oración, sin encontrar palabras, que encontrar palabras, sin poner en ellas el corazón”. Y Bernanos exclamaba: “¡Cómo cambian mis ideas, cuando las rezo!”.

    “La idea de que el hombre espera que Dios lo haga todo”, predicaba Martín Luther King, conduce inevitablemente a un mal uso, perverso, de la plegaria. Porque, si Dios lo hace todo, entonces el hombre lo pide todo y Dios se convierte en algo parecido a “un servidor cósmico” a quien llamamos por cualquier necesidad, incluso las más triviales… Dios, que nos ha dado la inteligencia para pensar y el cuerpo para trabajar, traicionaría su propio propósito, si nos permitiese obtener por medio de la plegaria lo que podemos ganar con el trabajo y la inteligencia.

    En su marcha por el desierto, “Dios dijo a Moisés: Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha”(Ex 14,15). Hay que marchar, no debemos tener nunca la sensación de que Dios, valiéndose de cualquier milagro o de un solo movimiento de su mano, eliminará el mal del mundo. Mientras creamos esto rezaremos oraciones que no tendrán respuesta y rogaremos a Dios que haga cosas que no veremos realizar nunca. La creencia de que Dios lo hará todo en lugar del hombre es tan insostenible como lo es creer que el hombre puede hacerlo todo por sí mismo… También es una señal de falta de fe; esperar que Dios lo haga todo, mientras nosotros no hacemos nada, no es fe, sino superstición” (“La fuerza de amar”. Ed. Aymá. Barcelona 1963).

                A la petición de enseñarlos a orar, Jesús les dio la forma: el Padrenuestro. Así que, al rezarlo, hacemos la oración que trasmitió, rezamos como Jesús, comulgamos con sus sentimientos, pedimos lo que debemos pedir, rogamos, con toda seguridad, en rectitud y en verdad. El Maestro dijo muchas veces que nos dirigiéramos con toda confianza, a Nuestro Padre; pero recordemos que San Agustín decía: “Dios llena los corazones, no los bolsillos”. La oración es un arte que debemos aprender; hay que saber orar. Y, sin duda, a orar se aprende, orando. La oración de petición no estriba en indicarle a Dios lo que ha de darnos, lo que debe hacer, sino en pedirle lo que Él quiera darnos, que nos diga qué hemos de hacer nosotros, para recibir sus dones y su gracia. El Padre sabe las necesidades (Mt 6,8).

    La plegaria de petición se dice muchas veces, que es poco cristiana. Pero se  contesta en las palabras del Padrenuestro, que Jesús nos enseñó a orar “pidiendo” cosas. Y la actitud del hombre ante Dios, en todas las experiencias religiosas de la humanidad, es la de reconocer su limitación y pedirle que se acuerde de él, que lo fortalezca, que le ayude, a él y a los suyos. El cristiano, desde su fe, vive profundamente el sentido de la gratuidad de Dios; por ello, su petición fundamental es que Dios esté siempre con él: “¡Venga tu Reino!” O, como dice Jesús, según el evangelio de Lucas: “El Padre Celestial dará el Espíritu Santo a quiénes se lo pidan” (Lc 11,13). La gran petición del cristiano es la “epíclesis”, la invocación del Espíritu. Nada habéis pedido en mi nombre, pedid y recibiréis (Jn 16,24). Cosa que pidiéremos, la recibiremos (1 Jn 3,22); pedid, y se os dará; buscad y hallaréis (Mt 7,7).

    Con la parábola del amigo inoportuno, Jesús exhorta a pedir; asegura que Dios es Padre Amantísimo, que da cosas buenas, que se deja encontrar y abre a quien llama a su puerta; da la filiación, la unión íntima con Él, la fidelidad a su voluntad, su Espíritu Santo, como bien fundamental y definitivo que está en la raíz de todo otro bien. Al respecto, decía, en una homilía, el cardenal Ratzinger: el cristiano que ora, para que se cumpla la voluntad de Dios, salva la ciudad, porque la ciudad se pierde por falta de justicia. Esta consideración abre los ojos a la plegaria de petición por tantas cosas que dependen de los hombres: la paz, el hambre, la justicia, la libertad, la convivencia y el respeto… las vocaciones consagradas y el progreso de las iniciativas apostólicas. Así, es cierto, que siempre pedimos el Espíritu Santo, para que inspire el corazón de los hombres.

    La insistencia en la plegaria, subrayada por Jesús, indica la confianza y el esfuerzo personal que ha de acompañar a la plegaria. La petición no puede consistir en algo intermitente e interesado; la oración de petición se enmarca en una vida de fidelidad a Dios, toda ella empapada por el Padrenuestro. La eficacia de la oración no es solamente el fruto de la insistencia terca, sino resultado de la mediación de Cristo; justamente en el centro de la oración cristiana se sitúa el papel que juega la intercesión única del Señor (Jn 16,23-26).

    El Padrenuestro, es el reflejo de la oración de Jesús, y expresión de una actitud ante Dios a imagen de la de Jesús. Es una oración “profética”, que surge hacia Dios.

     

    Camilo Valverde Mudarra

     

     


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